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Adolfo Suárez: Digno, Honesto, Valiente (Artículo)

Como muchos otros españoles destacados, Adolfo Suárez ha sido valorado en la ausencia, esta vez la definitiva, que es cuando las personas de su talla pasan a formar parte de la historia. “La concordia fue posible” reza en su tumba de la Catedral de Ávila, pero a título personal le añadiría tres de las características que, en mi opinión, reunía su persona: digno, honesto y valiente.

Hay escasas referencias públicas que hayan recibido los honores dispensados al hombre que personalizó el tránsito de la dictadura a la democracia. Tan es así que podemos decir que España ya tiene su Winston Churchill, “El Hombre Valiente”, ese personaje que con una tozudez admirable supo conectar con el pueblo británico para hacer frente a uno de sus momentos claves de su historia. El Presidente español lo hizo, e incluso en sus discursos dejó esas gotas de emotividad que merecen los grandes momentos. Momentos que a veces son grandes precisamente por las palabras que se han dicho. Con Adolfo Suárez y sus alocuciones podemos ver que en aquellos años, efectivamente, transitamos por momentos claves de la Historia de España.

Me lo presentó Josep Meliá, que era el secretario de Estado de Información en aquellos momentos, en el Congreso de los Diputados, donde me pasé bastantes horas de los días transcurridos entre marzo del 78 y septiembre del 81, un periodo que se caracteriza por la intensa labor legislativa. Cubría la información para el recientemente fundado periódico económico Cinco Días. No es que fuera un cronista brillante, que para eso estaban los que hacían las crónicas de los pulsos políticos, es que había destacado por mi insistencia en reclamar todos los viernes una referencia detallada de los acuerdos económicos del Consejo de Ministros en la rueda de prensa posterior.

Al final logré que, gracias a ese encuentro, me pasaran de forma exclusiva una referencia centrada en los temas económicos, entre los que llamaba la atención el detalle de las inversiones extranjeras en España, verdadero termómetro del crédito que nos daban en el exterior y de indudable valor para esa economía hundida por la crisis económica del 73, que en España afloró tarde y coincidiendo con el principio de la democracia.

Como periodista acreditado en el Congreso, en el que habitábamos muchas horas –había días que estaba allí desde las diez de la mañana hasta la una de la madrugada, hora en la que terminaban algunos debates sobre la Ley del IRPF y la Constitución- fui viendo el creciente aislamiento en el que se refugió el Presidente fallecido para superar sucesos y situaciones como los provocados por el terrorismo, la dura oposición y el desvarío de muchos miembros de su partido que, azuzados por las prisas por decantar la UCD hacia un sitio u otro, acabaron por fenecer un inteligente intento de formar un partido de centro derecha que hubiera consolidado algunas de las reformas hoy todavía pendientes.

Por su forma de ser y sus características físicas Suárez me recordaba a un cónsul romano envuelto en las vistosas togas que describen los historiadores. No era el único que lo veía así. Peridis empezó a dibujarle en sus viñetas en El País encima de una columna clásica, aunque el sentido era otro; era la representación de la creciente separación entre el presidente y el pueblo, una especie de enfermedad que desde entonces afecta a todos los inquilinos del Palacio de la Moncloa.

Y cuando Suárez perdió esa cercanía perdió su carisma y magnetismo. En el Congreso le he visto reírse a carcajadas, charlar amigablemente con todo el que se le acercaba y eso lo fue perdiendo. Recuerdo que en una de sus ruedas de prensa de finales de los 80 en Moncloa no abordó casi ningún tema nacional, tema que tal como estaba el ambiente era bastante inexplicable. De ahí a su discurso de enero del siguiente año, la caída fue constante.

A pesar de ello, su dimisión fue una sorpresa y todavía nadie es capaz de dar una explicación que deje satisfechos a los que, por una u otras razones, seguimos el curso de la política española. Naturalmente, todos sabíamos el acoso que sufría por una parte del Ejército que, entre otras cosas, no quería ver ni en pintura al general Gutiérrez Mellado; del acoso de la oposición, que torpedeó hasta límites insospechados la acción de Gobierno; del alejamiento de la Corona, que al fin y al cabo le había elegido para pilotar la Transición en julio del 76 y, por supuesto, el papel de muchos de los miembros de su partido que oscilaban entre la pura traición y el absurdo pulso por el liderazgo.

Parecen suficientemente razones pero el vacío al que he aludido ha planeado durante estos días en el que se han podido escuchar decenas de opiniones de sujetos activos de aquellos días. El día después de su fallecimiento decía en la televisión Luis Herrero, periodista e hijo de la persona que lanzó políticamente al después nombrado Duque de Suárez, que la clave podía estar entre los papeles que dejó escritos y que algunos de los cuales podían estar a buen recaudo en el extranjero. Supongo que el tiempo dirá que pasó, si es que pasó algo fuera de lo relatado.

Como por hipótesis que no quede, otras más es la que señala a la gran presión de la socialdemocracia europea que veían como el futuro de una España en la Comunidad Económica Europea y en la OTAN no podía estar representada por un jefe de gobierno que había sido Secretario General del Movimiento y hacía una alianza con la democracia cristiana europea, lo que venía a suponer que la Iglesia española, lastrada por la imagen del nacionalcatolicismo que aireaban los políticos de la oposición.

Demasiado para Europa que dos años escasos antes había asistido al asesinato del líder italiano Aldo Moro y su partido, la Democracia Cristiana italiana, atravesaba una época convulsa. Para muchos, Adolfo Suárez ya había hecho lo que tenía que hacer y la solución era tumbarle lo antes posible a pesar de que en su entrevista con Leo Tindemans, que había precedido a su discurso de dimisión, parecía que tenía el respaldo de la Democracia Cristiana Europea que lideraba el político belga.

La presidencia de Adolfo Suárez amenazaba con tirar por la borda la imagen que se había ganado en el mundo la Transición española como un modelo a seguir, según comentaron en aquellos días diversas fuentes y con el acoso y derribo se contentaba a mucha gente, incluyendo a una parte de la cúpula militar que, aunque se ha utilizado de pantalla, no decidió tanto como a veces se resalta, según estas fuentes.

Con ese cóctel de presiones la soledad del Presidente fue inmensa y determinante. Pero independientemente de hipótesis e interrogantes, lo que ya ha quedado claro es que Adolfo Suarez es un personaje de la Historia de España, quedando para la posteridad como la persona que desmontó el régimen franquista y el eje sobre el que giró ese fenómeno político que fue la Transición, cumpliendo el objetivo al que se había comprometido el Rey don Juan Carlos, que fue quien le eligió para hacer el paso de nuestro particular Rubicón.

Como muchos españoles, creo que una gran mayoría, la primera noticia que tuve de  Adolfo Suárez coincidió con su discurso en Las Cortes para defender que el futuro pasaba por otra cosa que no se llamaba Movimiento Nacional ni democracia orgánica, discurso que remató con una frase de Antonio Machado, el gran poeta maldito. Fue una sorpresa y más todavía cuando Las Cortes franquistas se hicieron el hara-kiri.

A los pocos meses de su nombramiento como presidente, después del verano del 76, me incorporé al Suplemento Político del diario INFORMACIONES y entonces sí que me topé de lleno con el movido mundo de la política. Considerado como un parlamento de papel que ya es objeto de estudios e investigaciones sobre el fenómeno de la Transición. Desde aquel balcón puede asistir al nacimiento de la Unión de Centro Democrático y vivir en directo como se hacía un partido a partir de grupos de amigos que había trabajado para consolidar en España una alternativa al régimen impuesto por Franco.

En ese escenario, Adolfo Suárez arrasó en las primeras elecciones generales democráticas de junio de 1977. Como recordaba el cronista de The New York Times de la época, aquel abulense de 42 años de rostro adusto y serio, pero con una gran sonrisa y cercanía en algunos momentos, era la imagen perfecta de la clase media española que, como fenómeno sociológico, nunca antes había existido en la Historia de España.

Hablando años después con José Luis Sanchís, que fue uno de los primeros consultores políticos que nacieron con la democracia, Suárez, me decía, era el hijo perfecto para las madres, el novio deseado para las chicas, el mejor hermano mayor para los chicos y el yerno perfecto para los hombres. Con esas características era imbatible y en su éxito tan rotundo probablemente hay que buscar las razones de la posterior persecución y acoso.

Como cualquier persona, Adolfo Suárez obtuvo el éxito y el fracaso por su forma de ser y su talante pero será bueno, y bastante sano para el futuro, recordar que gracias a él y a su estrategia o inexperiencia, la democracia vivió sus mejores y los más terribles momentos porque, entre otras cosas, quedó patente algo que es clave en la concepción de la política: quien está a favor de la libertad y quién no. Recordando aquellos momentos muchos periodistas hemos comentado estos días  que “entonces sí que había libertad…”, que tampoco es mal epitafio. Descanse en paz.

 

Adjunto
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