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Alejandría, el corazón de la nostalgia (Crónica de viaje)

[b]Mimmí[/b] se ha enfadado. Me toma del brazo y me indica que entremos en la [b]Patisserie Dèlices[/b], una pastelería de 1922, en un lateral de la [b]Saad Zaghloul Square[/b], en el corazón mismo de [b]Alejandría[/b]. En el entorno de esta plaza, o tomándola como punto de inicio de los recorridos a pie –[b]Alejandría[/b] hay que caminársela–, se llega a muchos de los lugares que nos permiten comprender esta fascinante ciudad.

Los pasteles de Dèlices son pequeños y muy dulces, adornados con frutas, densos como mazapán. Pruebo un helado de dátil y melón. La parte delantera de esta pastelería es moderna, sólo quedan algunas mesas y las lámparas de los años 20 en la parte de atrás. El cambio experimentado por Dèlices bien puede ser la metáfora que explique la transformación que ha sufrido esta ciudad que fue la soñada metrópolis de Alejandro el Magno, la que envolvió el apasionado idilio de Cleopatra y Marco Antonio, la "cosmopolita" de Kavafis, Lawrence Durrell o E.M. Foster. Hoy se acerca más a lo que  Naguib Mahfud  dice en "Miramar", la pensión que regenta una vieja dama que vivió tiempos mejores: "Alejandría, corazón de la nostalgia, empapada de miel y lágrimas".

Mimmí, hija de un almirante de la Armada egipcia, se duele de esta decadencia. Estudió en Inglaterra y Suiza. Contesta su teléfono móvil en varios idiomas y viste a la europea.

De aquel cosmopolitismo quedan pocos restos hoy, como tampoco quedan demasiados vestigios de la huella de griegos, romanos, judíos y cristianos. Y los que han logrado sobrevivir están diseminados y en el Museo Greco-Romano. Se intenta recuperar la más cercana en el tiempo presencia colonial europea (las calles son rue, y square las plazas).

Alejandría en el recuerdo

"Los griegos no comían nunca en el mismo plato, los rompían. Por eso los alejandrinos rompemos platos en Año Nuevo, en recuerdo de nuestros antepasados." dice Mimmí. Platos rotos en árabe es "El- Shuqafa".

Por encima de unos árboles de los que cuelgan botijas y unos cántaros, el escaparate del alfarero de enfrente, se alza el capitel de la imponente columna de Pompeyo. En la derecha de la calzada, entre el tráfico, avanza a duras penas un cortejo fúnebre. En una furgoneta blanca con medias lunas rojas pintadas, envuelto en un sudario blanco, va el difunto, flanqueado por hombres. Sólo hombres van detrás.

Próximas al recinto en ruinas, cuyo centro ocupa esta imponente columna de granito rosa, están las catacumbas de Kom El- Shuqafa, un lugar de enterramientos, a las que se accede por una sinuosa escalera de caracol. Una concentración única en diferentes salas –débilmente iluminadas por una bombilla– de cultura egipcia y griega (medusas y discos solares  en paredes y tumbas), y romana (los triclinium junto a los nichos).

Hoteles como el Metropole, en Saad Zaghloul, y el Windsor, recientemente restaurados, recuerdan los momentos finales del modernismo europeo, influenciados por elementos arquitectónicos orientales. O el Cecil Hotel. O el casi intacto –desde 1928– Café Faroux y su elegante colección de lámparas y faroles de bronce de su terraza. En los cafés, los hombres juegan al ajedrez, al dominó o al backgammon. Leen el periódico y fuman sishas, pipas de agua de diferentes sabores, o la que mezcla tabaco y caña de azúcar. O la Sharia (avenida) Salah Salem donde está el Banco Nacional (un calco del romano Palacio Farnesio), con anticuarios, joyerías y atractivas pastelerías (Trianon, Athineos).

Bibliotheca Alexandrina,  diálogo e intercambio entre pueblos y culturas

Paseando por Alejandría es patente la influencia islámica. Se escuchan los cantos del muecín, amplificados por los altavoces de los minaretes, erguidos sobre el perfil alejandrino. Muchas mujeres usan el nicab, que sólo les deja los ojos al descubierto. Guantes y bolso negros. Otras, sólo llevan el hiyab blanco. Son contadas las que no lo llevan. Las mujeres disponen –exclusivamente para ellas–  de un vagón en el tranvía, el tercero. Instalados a finales del XIX, los tranvías son amarillos o azules. Los primeros se mueven por el centro de la calle y por un carril especial los segundos. El viaje cuesta un cuarto de libra egipcia (1LE=0.13 €). Se ven hombres cogidos del brazo o de la mano. Se besan para saludarse, pero nunca con las mujeres.

"Los niños, a la salida del colegio, conocen a sus madres por los zapatos", comenta Mimmí…

Sin embargo, las centenares de jóvenes estudiantes que me encuentro en los jardines de la Nueva Biblioteca de Alejandría –en alegre charla con sus compañeros masculinos–, no se diferencian en nada de cualquier otra adolescente europea, excepto por el hiyab. Eso sí, lo usan de colores muy vivos y variados, colocados con la coquetería inherente a cualquier mujer, y adornados con diferentes tipos de abalorios.

"Un centro para el saber. Un lugar de diálogo e intercambio entre pueblos y culturas. Esto es la Biblioteca Alejandrina", dice orgullosa una de las guías que enseñan el edificio, levantado a escasos metros de donde se cree que Ptolomeo I erigió la original, destruida por un incendio en tiempos de Julio César. Casi dos mil años después, medio mundo se alió para que esta nueva Biblioteca pudiera ver la luz en los albores del siglo XXI.

La entrada se hace por la quinta planta. Hay cuatro bajo el nivel del suelo y seis más por encima, 33 metros de altura. La lugar dedicado a la lectura –con capacidad para dos mil personas– es una sala hipóstila con columnas de granito de estilizados capiteles palmiformes que sustentan la cubierta de vidrio y aluminio. Los dos mil pupitres, agrupados entre paneles de maderas nobles,  descienden en rampa desde los niveles superiores hasta la quinta planta. La obra es del estudio de arquitectura noruego Snohetta. La Biblioteca dispone, entre otras instalaciones, de cuatro museos –es particularmente interesante el dedicado a manuscritos y libros raros–, un planetario, una sala de proyección con una pantalla de 10 metros de diámetro, y un archivo con todas las webs creadas desde 1996.

Panorama desde el Cecil: La Cornice

Me alojo en la habitación 311 del Cecil, dedicada a Taha Hussein, escritor egipcio y Premio de Derechos Humanos de Naciones Unidas. El color burdeos destaca en la colcha, la moqueta y las tapicerías. El televisor es el único elemento decorativo que me remite al presente.

Salgo al balcón. Son las 7.30 de una mañana otoñal ("en otoño, el aire seco y vibrante, inflama el cuerpo bajo la ropa liviana", Cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell). Frente a mí, La Corniche (hoy Sharia 26 de Julio), un paseo marítimo de 24 kilómetros de longitud que bordea el Mediterráneo, a cuyas espaldas se extiende esta urbe ruidosa, abigarrada y hechizante de más de seis millones de habitantes.

La vista, sin embargo, me alcanza sólo a la bahía. En el extremo izquierdo, la fortaleza mameluca de Quait-Bey. Y las barcas de pesca multicolores del mayor puerto de Egipto. Y el mercado de pescado Anfushi.  Y las playas, tomadas al asalto en verano por los cairotas. Cerrando la bahía, en la parte oriental, un cilindro de vidrio y aluminio semienterrado oblicuamente, semejando un gigantesco panel solar –homenaje a Ra–, el nuevo Faro: la Bibliotheca Alejandrina.

Hace casi dos horas que ha amanecido. Abajo, en la calle, personas y vehículos se mueven como las hormigas: deprisa y en todas direcciones, pero sin chocar entre ellas. Para cruzar sólo se necesita la decisión de saltar a la calzada. Con la misma decisión con que los coches se mueven: a golpes de claxon.

"Algunos trucan las bocinas, para que se les oiga más. Es imposible aparcar en esta ciudad". Me había dicho Mimmí. "El litro gasolina del desierto cuesta la mitad que un litro de agua (4 LE)."

Los taxis son viejos LADA, amarillos y negros. Los transportes colectivos –furgonetas semejantes a microbuses– que se abordan donde se puede, a una libra egipcia. El conductor, a la vez que sujeta un fajo de billetes con una mano, habla por teléfono con la otra o arroja la ceniza del cigarrillo. Los guardias permanecen impasibles (¿o impotentes?) en el centro de la avenida.

Los espejos dorados del Cecil

A Mimmí le ha irritado que el conductor de una calesa que espera frente al Cecil, le haya exhalado una bocanada de humo en sus narices. Esa es la razón de su enfado. "Se fuma mucho en Egipto". Y da un sorbo a su capuccino.

El nombre del Cecil está escrito en la puerta, flanqueada por ventanas de marcos azules, con letras doradas, rematando dos grecas verticales de hierro forjado. "En el vestíbulo de este hotel, las palmeras se quiebran y se reflejan sus hojas inmóviles en los espejos de marcos dorados. Aquí sólo pueden vivir permanentemente los ricos" (Cuarteto, Lawrence Durrell). En este edificio, construido en 1929, asentó sus reales la Inteligencia Británica durante la Segunda Guerra Mundial. El mismo ascensor –restaurado–, las mismas rejas floreadas de la escaleras alfombradas en rojo, y los mismos espejos, aquellos en los que Nessim vio proyectada por primera vez a Justine: "en el gran espejo del Cecil, ante las puertas abiertas del salón de baile" (Cuarteto, Lawrence Durrell).

El salón de baile es hoy la sala César Palace. Celebran una boda. Los novios visten de blanco. Pero no está Justine, sino Camila, una cantante libanesa, morena como ella. Camila termina la canción. Un hombre se levanta de una mesa junto al escenario. Lleva un puro en la boca y, entre sus manos ensortijadas, lleva un montón de billetes. Los lanza al aire, y a Camila le llueve el dinero del cielo. Se retira la libanesa del entarimado, aparece un propio y recoge a puñados el maná. La cantante sale nuevamente a escena, y cada vez que lo hace, sus vestidos son más ajustados y la raja lateral del vestido ha ido ascendiendo ostensiblemente por la pierna. El hombre del puro vuelve a arrojar su especial confeti. Son casi las cuatro de la madrugada. Apenas queda medio centenar de invitados en la sala y el montón de billetes sobre la mesa junto al escenario, está cada vez más mermado. Camila lleva un vestido color limón.

El carácter de Mimmí

El Tikka Grill es el más conocido restaurante de pescado. En La Corniche, con vistas al mar. Una foto de doña Sofía está en la galería de sus ilustres visitantes. Quizás la Reina comiera aquí cuando asistió a la inauguración de la Biblioteca. El Tikka es el más turístico –y para el gusto local, más "chic" – y quizás por eso resulto caro. El Abou Ashar International Fish es más "popular", en un barrio más popular y más alejado del centro: un sastre cose en la puerta de la tienda; media docena de mozalbetes intentan arrancar una moto; el dependiente de una platería jura que la plata y el oro que vende es el más barato de todo Egipto; desde la pantalla de un antiguo televisor los actores de una telenovela egipcia hablan pero nadie los mira; dos ancianos toman té de hibisco…

Se pueden comprar excelentes hibiscos en el Mercado de Manshiya, a unos veinte minutos a pie de Saad Zaghloul. Este gran zoco es un paraíso de olores, un incesante deambular de gentes, e infinidad de tiendas donde encuentras desde un alfiler o una pieza de tela a una joya de oro. Siempre está abierto. El horario comercial en Alejandría es absolutamente libre.

No queda demasiado lejos del mercado la espectacular mezquita Terbana, construida sobre ruinas grecorromanas. Muy amplia y luminosa, con el suelo alfombrado. Varios hombres están sentados apoyados en las enormes columnas.

Familias numerosas comen pescado, arroz y ensalada en el Abou. Nada de alcohol, sólo agua o refrescos. Televisores con vídeos musicales y partidos de la NBA. Platos y vasos de plástico, manteles de papel. El pescado y el marisco son deliciosos.

Mimmí me ha traído a cenar aquí. Le pregunto como se llega hasta aquí, por si quiero volver o lo quiero recomendar a los amigos. Me mira y dice:

"Ven en taxi, porque te vas a perder. No te olvides de negociar el precio." Y en mi cuaderno de notas escribe donde está situado: zona Bahari en Anfouchi.

Ya lo saben, si se deciden a ir, tomen un taxi. Se lo dice Mimmí. Pero regateen el precio. Todo un carácter la hija del Almirante. ¡Y sólo tiene 73 años!

 

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