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La educación de los hijos como los pimientos de Padrón (Nota Técnica, 1ª Parte)

Libro de Emilio Pinto, editado por Gedisa, que enfrenta a los padres y madres, profesionales o no, a lo mejor y lo peor de ellos mismos. Es curioso comprobar cómo altos directivos, que habitualmente gestionan con atrevimiento y brillantez complejos problemas empresariales, fusiones, adquisiciones, concursos e incluso crisis hipotecarias, no saben gestionar, o se ven absolutamente abatidos, ante un sencillo problema de educación de sus hijos (1) . Pues bien, este libro – francamente recomendable ...

Libro de Emilio Pinto, editado por Gedisa, que enfrenta a los padres y madres, profesionales o no, a lo mejor y lo peor de ellos mismos. Es curioso comprobar cómo altos directivos, que habitualmente gestionan con atrevimiento y brillantez complejos problemas empresariales, fusiones, adquisiciones, concursos e incluso crisis hipotecarias, no saben gestionar, o se ven absolutamente abatidos, ante un sencillo problema de educación de sus hijos (1) . Pues bien, este libro – francamente recomendable – aporta una semilla que puede ser muy útil también a directivos con poco tiempo para dedicar a su familia: por un lado, prevenir, pensar y encontrar nuevas herramientas para trabajar con nuestros hijos, y por el otro ayudar a los que les ha tocado uno de los que "pican", aportando ideas y soluciones que han funcionado en casos de chicos complicados que han salido adelante.

Unos pican y otros no

Lo primero que llama la atención al autor, al observar los primeros meses de vida de su hija, es que traía su propia personalidad "de casa". Sin embargo, pronto comprende que los hijos podrán cambiar, a mejor se entiende, y que eso depende fundamentalmente de la educación que reciban. Sostiene que la educación de los niños se puede moldear si se conocen las herramientas. Así que debemos recordar que los niños, como los pimientos, pueden picar, que el picor depende del nivel de tolerancia de los padres, y que ese picor se puede producir en casa, en el colegio, en la calle, en todos los sitios o tan sólo en alguno de ellos.

La primera recomendación es que no se pega, que hay que controlar la ira. Padres e hijos no son iguales, y la principal diferencia debería ser la madurez.. El control verbal debería ser más que suficiente, incluso si el niño se muestra violento. En todo caso, recomienda pasar a la contención física: no hay que dejarle ni pegar a otros, pero la respuesta no es pegarle a él. Ser padres, sin embargo, no significa aguantarlo todo. Los padres tienen derecho a su propia felicidad: de hecho, unos padres felices son mejor ayuda para sus hijos que aquellos que agotan su vida en la paternidad.

Si los padres no ponen límites a sus hijos cuando son pequeños, ya no podrán cuando éstos sean adolescentes. Los límites deben ser respetados por todos y los padres deben enseñar a sus hijos a respetar los límites, que vienen impuestos por normas que tienen que existir y se tienen que conocer, aunque pueden evolucionar según las edades, las épocas del año, del entorno social, pero sobre todo de la responsabilidad que el hijo vaya adquiriendo, hasta que en un futuro él mismo pueda imponerse sus propias normas. A un niño pequeño hay que imponerle las normas, pero con la educación, los padres deben ayudar a que su hijo entienda y acepte los límites, y así es como le enseñamos que él fije sus propias normas en el futuro.

El síndrome del mayordomo

Confundimos a menudo la paternidad con el servilismo hacia nuestros hijos. Servir a los demás, y servir a nuestros hijos, son tareas muy nobles, pero los padres deben seguir creciendo como personas aunque tengan hijos. Cuanto más crezcan los padres, mejor para los hijos. Si sólo somos mayordomos, no tendremos tiempo para crecer, porque se trata de un trabajo a tiempo completo. Creando un mundo perfecto alrededor de nuestros hijos no les ayuda, ya que no les dejamos que aprendan. Por lo tanto, conviene asignar responsabilidades a los niños en la propia casa. Esto no sólo evitará el síndrome de mayordomo, sino que en el fondo refuerza la autoestima de los hijos (2).

El respeto llega siempre después de un largo recorrido, cuyo primer paso está en que el niño observe cómo se tratan sus padres, cómo se piden las cosas e incluso cómo se enfadan. El segundo, es cómo tratan al resto de los familiares, y el tercero en cómo tratan al resto de la sociedad. El cuarto es cómo tratan los padres a sus propios hijos. En definitiva, lo de siempre, para que los demás nos respeten, los primeros que debemos respetarnos somos nosotros mismos, por dentro y por fuera. El respeto se aprende a través de pequeños detalles, no con esfuerzos sobrehumanos.

Batalla contra la mentira

En la etapa infantil los niños no distinguen entre fantasía y realidad, y hay que conseguir que vayan percibiéndola. Una mentira ocasional no es problemática, pero a veces la mentira se convierte en la forma de comunicación habitual, y entonces hay que reaccionar, bien por exceso o bien por defecto, pero en ambos casos se debe intentar que la verdad tenga más refuerzo positivo y hacer ver que la mentira tiene consecuencias negativas. Con los adolescentes las cosas se complican y hay que intentar descubrir las razones que se esconden detrás, si se trata de un problema más grave, de una luz roja de advertencia.

No hay que explicar el por qué de todo. Hay cosas que se deben de hacer porque sí. Y en todo caso sirven para aprender a aprender. Pero también hay que enseñarles a saber esperar: si no se les enseña a tener paciencia, no la tendrá ni consigo mismo ni con los demás. En ningún caso la relación entre padres e hijos es una relación entre iguales: esperar a los padres a comer no puede ser igual que esperar a los hijos. Aprender a esperar tiene mucho que ver con aprender a escuchar, con el control de nuestros instintos e incluso con saber aceptar el fracaso como parte del aprendizaje. Hacer esperar enseña también a reconocer el esfuerzo, el suyo o el de sus padres.

Actitud, esfuerzo, responsabilidad...y sumar síntomas

La actitud es la que hace a las personas más felices o desgraciadas, y no sólo beneficia o perjudica al individuo, sino a todos los que le rodean. A la actitud positiva se debe unir el esfuerzo, y con ambos se puede conseguir casi todo. Quien no sabe valorar lo que ha conseguido con esfuerzo, sea poco o mucho, tampoco sabrá disfrutarlo. Los hijos tienen que aprender a esforzarse y ser constantes, y para aprender hace falta entrenamiento en una doble faceta: enseñarles a resistir, a perseverar, y enseñarles a emprender, a perseguir metas valiosas y a tratar de alcanzarlas. Para ello es necesario cumplir cuatro fases de un proceso, como si fueran eslabones de una cadena: 1º mostrarles metas valiosas, 2º lograr acuerdos o compromisos explícitos, 3º ayudarles a perseverar en lo decidido con nuestra exigencia, y 4º mantener nuestra exigencia con constancia.

Los padres tienen que dar la responsabilidad a sus hijos, transmitiendo con claridad lo que se espera de ellos, y teniendo presente que a cada edad le corresponderán distintas responsabilidades. Lo importante no es cuáles son, sino que las tengan y que las sepan. El cumplimiento de sus tareas hace que aumente la confianza en ellos mismos, además de la satisfacción del deber cumplido. El incumplimiento debe acarrear consecuencias. La responsabilidad crece cuando hay que responder ante más personas.

La crisis es un momento de crecimiento. Los síntomas proporcionan datos que ayudan a actuar. Lo que para los mayores carece de importancia, puede ser lo más importante para un niño, por lo que tendremos que estar atentos a los detalles y sumar todas las pequeñas cosas que pueden contar.

Habilidades sociales y estima para la autoestima

Muchos cambios necesitan del desarrollo de habilidades sociales, que los hijos deben saber, y que por tanto deben aprender: escuchar, pedir un favor, elogiar y disculpar, presentar una queja y recibirla, mostrar desacuerdo, negociar, expresar los propios sentimientos… Tener habilidades sociales es ser persona, y la mejor forma de aprenderlas es que las vean en sus padres, con ejemplos claros y cotidianos, y es que ver es más fácil que escuchar, y hacer más difícil que decir.

La adolescencia es una de las épocas más difíciles del ser humano. En esta etapa es cuando se necesita más que nunca la estima, que se les valore por algo, y si no se les da la oportunidad de ser lo mejor, serán lo peor de ellos mismos. Muchos de los hijos que más "pican", al creer que no tienen nada bueno, procuran fomentar lo malo que llevan dentro: se trata de destacar, para bien o para mal. El hijo por tanto necesita una estima que tiene que incluir el reconocimiento, y para ellos los padres deberán ayudar al hijo a que adquiera esa confianza en sí mismo, a conseguir que tenga confianza en la tarea que desempeña, y enseñarle a trabajar en equipo, a dividir la confianza para luego multiplicarla. Y es que sin confianza no hay futuro, ya que uno se vuelve reticente, desconfiado y con ganas de abandonar. De pequeños necesitan muchos empujones, y de mayores necesitan sus propios empujones…

Los momentos complicados...

Los hijos tienen derecho a enfadarse con sus padres. Los que no soportan ver a su hijos tristes son los propios padres. Pero es el hijo el que tiene que solucionar sus problemas, no los padres, y la fuerza con que se levante dependerá de las herramientas que haya conseguido desde pequeño. Si el hijo llora por una buena razón, hay que dejarle llorar, tiene derecho a sufrir. Es todo un reto enseñar que el dolor existe, y que cuando llega hay que saber vivirlo y sacar el mejor provecho de ello. La educación de los hijos debe incluir el enseñar a sufrir, educar es preparar para el futuro, desarrollar los mecanismos de defensa.

Un bajo rendimiento escolar puede menguar la autoestima de un niño, o de un adolescente, hasta repercutir en su personalidad. Los padres pueden actuar en tres ámbitos: como padres, exigiendo al hijo en función de los talentos que tiene; con el hijo, facilitándole un entorno para el estudio, ayudándole en su organización, asignado prioridades (lo más complicado al principio, que es cuando más concentración tenemos), en las formas de estudio (resúmenes, subrayados, cuadros, notas al margen), sabiendo reforzar los buenos resultados; con los profesores, tratándolos como aliados, no como responsables de lo que nosotros no sabemos o no podemos hacer en casa. El conocimiento es asequible a todos, independientemente del nivel de inteligencia, si se encuentra un elemento motivador que anime a nuestro hijo a encontrarlo.

Mesa, vestuario, paga y castigos...

En la mesa, siendo cierto que los padres están obligados a alimentar a sus hijos, también deben hacerles valorar la comida, el trabajo que cuesta obtenerla y las necesidades de otros, sin necesidad de convertir la escena en una batalla campal, sin gritos ni broncas. La comida rápida suele ser un enemigo, y no es que sea mala de por sí, es que como todo, debe incorporarse a la dieta con mesura. Comemos lo que compramos, así que el primer punto de atención debería ir encaminado a tratar de fijar una dieta equilibrada, sin excesos ni carencias. Además de una necesidad, la comida es un excelente momento para aprovecharlo con los hijos. Si comer es importante, el entorno puede ayudar a ensalzarlo todavía más.

En el vestuario, los chicos de ahora se fijan aún más en los detalles, y para algunas familias la partida presupuestaria puede llegar a ser un sacrificio. Si se busca más aparentar que ser, hay que tratar de limitar el presupuesto, incorporar sus pagas en él, haciendo que gaste sólo lo que pueda gastar, y así valorará y cuidará más lo que lleva puesto. Los uniformes de colegio son prácticos, no tanto en cuanto a la elección diaria y coste del vestuario, sino que ayuda a aceptar otras normas en el futuro, y entender que en determinados actos sociales la forma de vestir y relacionarse puede variar.

La paga no es una obligación, es una recompensa por algo extra. No debería ser reflejo de sus obligaciones, ya que pueden negociar con frases del tipo "o me subes la paga o no estudio…". El premio ha de tener su momento, no pueden ser efectos de frustraciones, no deben ser compras ni chantajes, sino el resultado de su propio esfuerzo, sin confundir el premio del hijo con el del padre, y no deben ser siempre materiales. La mejor recompensa es el resultado del esfuerzo realizado, el amor no debe traducirse en una ecuación de proporcionalidad: "cuanto más regalamos, más les queremos"…Lo que nada cuesta, no se valora. Es más educativo enseñarle a apreciar lo que recibe, y enseñarle a compartir y que administren lo que reciben.

Y respecto al castigo, no hay que imponerlo llevados por la ira, lo mejor es que sea reparador, que tenga un porqué, tiene que cumplirse, que no sea tan largo que se pueda olvidar o que no se pueda cumplir, sin abusar de él, intentando siendo justo y asertivo, no permitiendo que el hijo se acostumbre a vivir en él. No conviene usar los castigos negándoles algo que les pueda resultar beneficioso, por ejemplo el relacionarse con los demás, y se puede tratar de incorporar algo, como un reto. Es mejor, naturalmente cuando es posible, construir en positivo, e incluso preguntarle al castigado que castigo merece…

(1) Una mañana salía con un conocido de una céntrica cafetería madrileña. El elemento era, y creo que es, esclavo de una vida que no sabe gestionar bien, pero que a base de ordeno y mando trata de aniquilar. Su mujer también trabajaba por aquella época. Pues bien, en un instante se queda mirando fijamente su blackberry, último modelo, con la cara traspuesta...Le pregunto que qué ha pasado, pensando en alguna situación grave del negocio que se le venía encima. Me contesta: "Este hijo de puta, cada vez que nos vamos de casa se pone malo"...Hablaba de su hijo.

(2) Recuerdo ahora que cuando tenía diez años, solía pasar largas temporadas de vacaciones de verano en casa de mis primos. Mi tía – menudo General se perdió el Ejército – nos tenía todo el día trabajando, pero lo curioso del caso es que además lo hacíamos encantados. No paraba de ponernos retos, de alabar las tareas que realizábamos, como esfuerzos que superaban con creces nuestro potencial. No sólo trabajó y educó nuestra autoestima, sino que consiguió que la casa de verano estuviera siempre en perfecto estado de revista…

Adjunto
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