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'I Encuentro Filósofos y Directivos' (1 de 3)

¿Para qué sirve la filosofía?, ¿qué puede aportar al mundo de la empresa?, filósofos y directivos, ¿tienen algo que decirse? La Fundación Lázaro Galdiano acogió el pasado 1 de diciembre de 2011 el Primer Encuentro de Filósofos y Directivos organizado por Know Square en colaboración con la Escuela de Filosofía y Síguete. El objetivo del encuentro fue analizar desde la perspectiva filosófica algunos conceptos íntimamente relacionados con el ámbito de las organizaciones, poniendo especial énfasis en la actitud filosófica como la habilidad de contemplar la realidad con distancia para tomar conciencia de todo lo que nos ofrece y actuar en consecuencia. Dicha actitud es un componente esencial para la creatividad y la innovación y debe entenderse en el contexto individual y colectivo, en el diálogo con los otros y en el entorno de las instituciones.

 

EL VALOR DE DIALOGAR
 
La aportación de la Filosofía a la creación de entornos Empresariales dialogantes e innovadores

 

Introducción 
 
El evento comenzó con una visita guiada al Museo Lázaro Galdiano ubicado en el Palacio de Parque Florido en la calle Serrano de Madrid. Dicho Palacio fue la residencia de Don José Lázaro Galdiano, uno de los personajes más significativos del coleccionismo de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Don José Lázaro, además de coleccionista de obras de arte, fue un gran bibliófilo y el fundador de la editorial La España Moderna en la que se publicaron y tradujeron por primera vez obras extranjeras de gran importancia y en la que colaboraron autores como Unamuno, Clarín, Zorrilla, Pérez Galdós o Menéndez y Pelayo. La colección es muy amplia y heterogénea, estando constituida por aproximadamente 13000 piezas, entre las que se encuentran obras de Goya, Murillo, El Bosco, Zurbarán o El Greco.

Tras la visita guiada al Museo dieron comienzo las ponencias programadas para el Encuentro. Los conferenciantes invitados para la ocasión fueron Don Miguel García-Baró, catedrático de filosofía en la Universidad Pontificia de Comillas, Don José Luis Villacañas, catedrático de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, Don Jorge Úbeda, doctor en filosofía y director académico de la Escuela de Filosofía y Don Gonzalo Mendoza, fundador y director de la Escuela de Filosofía.

A continuación, ofrecemos el primer resumen del Encuentro, correspondiente a la Ponencia de Miguel García-Baró, así como el PDF correspondiente en "Documentación relacionada".
 

EL DIÁLOGO COMO ACTITUD VITAL

Miguel García-Baró

Todo lo que hacemos va en serio.

Actuamos evidentemente en serio, pero casi nunca hablamos en serio. Esto resulta paradójico porque hablar es también actuar. Cuando hablamos, nuestra acción suele ir por un camino diferente del que manifiestan nuestras palabras, o tal vez lo que expresamos es algo completamente distinto de lo que verdaderamente está ocurriendo por el hecho de que estemos hablando como lo estamos haciendo en una determinada situación.

En este contexto, cuando hablamos de diálogo es preciso destacar que el diálogo filosófico consiste en intercambiar discursos tan en serio como se vive el resto de la vida. Hablar absolutamente en serio quiere decir dar tal peso a nuestras palabras que en la acción el hablante se identifique de algún modo con lo que dice, por tanto, que la situación esté perfectamente recogida en la plenitud de sus palabras. Hablar en serio requiere también un sentido del humor profundo para marcar distancia con la  propia vida y poder recogerlo entonces de alguna manera en el sentido de las palabras que intercambiamos con otros.

El diálogo filosófico es exactamente lo contrario al diálogo en el que se trata de vencer a toda costa. Es precisamente la despreocupación total, el buen humor, lo que permite que uno vea su vida en conjunto. No se puede vivir tan en serio como se habla o hablar tan en serio como se vive si no es al dialogar. Dialogar es una forma de resumir la vida, una manera de hacerla más densa. Absolutamente todas las situaciones de la vida son diálogo aunque no haya interlocutor, pero cuando hay interlocutor podemos avanzar en el tiempo, podemos comprimir el tiempo y sacar conclusiones gracias a nuestro interlocutor, gracias a que actúa como espejo y nos vemos forzados a hablar. En este sentido, la sexta o séptima posición en el diálogo, el séptimo intercambio de palabras suele llevar tan lejos que nos damos cuenta de que en esos seis o siete movimientos descubrimos algo sobre nosotros mismos que, de otra forma, nos hubiera llevado mucho más tiempo. Ese tiempo, esos seis o siete movimientos, ¿se han empleado en tratar de derribar al adversario? Si fuera así, esos movimientos serían minutos desperdiciados en nuestra vida, un hablar por hablar.

Las palabras pueden servir para condensar la vida, para abreviarla, para permitirnos aprender gracias al otro, más incluso que gracias a las circunstancias que nos toca vivir. En cada circunstancia estamos siempre obligados a tratar al mundo, a las cosas, al prójimo y a nosotros mismos y ese trato, que tiene que ser muy rápido, siempre exabrupto, hace brotar lo que pensamos que es la verdad sobre las cosas, el prójimo y nosotros. Cuando estamos callados, leemos las situaciones y contestamos a ellas precisamente con una palabra, "noos". Tratamos las cosas según lo que creemos saber sobre ellas, lo que digo con mi acto es lo que creo saber sobre las cosas. Si actúo y estoy callado, revelo lo que pienso y, como dirían algunos filósofos, sólo sé lo que es un hombre cuando lo veo actuar. En este sentido, la acción es elocuente y las palabras son silencio.

El diálogo no necesita nada especial. El diálogo es simplemente saber llamar a las cosas con nombres que no sean del todo inapropiados, saber hacer clases con las cosas y distinguir los ejemplos de lo que no son ejemplos. Especialmente, es poder intercambiar discursos de forma que en el intercambio se vayan deduciendo consecuencias. La deducción de esas consecuencias es lo que nos obliga a concretar la vida en cada situación. Consiste en partir de la situación, ser moderado en ella, reconocer quién eres, reconocer cómo es la situación, hablar a esa situación, decirle tu palabra y actuar  en el sentido que pide esa situación para estar bien templado con ella y poder de esa manera sobrevivirle, aprender y seguir tranquilamente.

En muchas ocasiones, cuando es otra persona la que me habla, si ella se aviene a hablarme en serio y si yo tengo el buen humor de separarme de mí mismo, mirarme desde fuera y así poder hablar realmente en serio sobre las cosas que pienso más profundamente y que deciden mis actos más profundamente, que resuelven mi vida, que la malogran o la logran, entonces es muy probable que lleguemos conjuntamente a deducir verdades que estaban entrañadas en las verdades que hemos empezado proclamando como las nuestras, intercambiándolas.

El diálogo es simplemente un entrecruce de discursos en el que al llegar al octavo movimiento nos hayamos ahorrado veinte años en nuestra vida, estemos en un lugar que no sabíamos que existía tan claramente y que hemos deducido en compañía de otro, y que hayamos podido aprender de nosotros mismos y de nuestro interlocutor lo que la realidad quizá sólo nos hubiera enseñado si hubiera sido generosa.

Todo eso no se parece nada a un combate, todo esto es precisamente un momento de paz y de humor. El dialogante ha descubierto que la condición esencial del diálogo es que en el momento en que él cree en el discurso, está creyendo en algo que puede ser verdadero o falso, debiendo reflexionar qué prestigio tiene ese discurso que le lleva a creerlo. Los griegos lo llamaban doxa, brillo, gloria. Un discurso es algo que no puede ser creído más que si tiene un prestigio y cuando es creído es apropiado y cuando es apropiado se vuelve acción. Cuando el dialogante entra en el diálogo ha descubierto algo fundamental sin lo cual no existe la vida del espíritu y es que uno tiene que tener tan buen humor que suspenda el prestigio más prestigioso de todos que es el miedo. Solamente si uno suspende el miedo puede hablar. Para hablar tan en serio como se actúa hay que suspender el miedo. Esa suspensión es dificilísima. El diálogo puede acostumbrar a los hombres a dejar atrás aquello de decir "yo" es decir "yo solo", "yo el único" y los demás son estorbos, medios, personas que me atemorizan.

 

Adjunto
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