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La era Trump o cómo vacunarnos del espanto - Artículo

Si algún acontecimiento extraordinario no lo remedia cuando usted lea esta pequeña nota el señor Trump será ya presidente de los EEUU de América. Media humanidad está perpleja por el acontecimiento, incluyendo en este grupo a Trump y a su propia familia con toda seguridad, y otra media acojonada, si me permiten la vulgar expresión.

No poco contribuyen a cultivar ese estado de estupefacción o de miedo los sectores intelectuales y políticos a través de los cuales se nutre la opinión pública. Unos, los políticos que forman parte de gobiernos ya sean aliados o adversarios, callan por cálculo diplomático, sobre lo que puedan pensar sobre el tiempo que se avecina. Otros, los especialistas en el análisis, se muestran cautos a la hora de manifestarse con el argumento de ignorar los proyectos de Trump dada la multitud de señales contradictorias que el neoyorquino ha emitido a lo largo de la campaña. Y los más, pensadores e intelectuales, porque parecen estar todavía recuperándose mentalmente de un suceso altamente improbable, un cisne negro en el argot del sistema de interpretación vigente.

Nadie sabe nada

Como en el programa de Buenafuente. O los que saben se callan. Es curiosa la situación. En el mundo de la política instantánea, del análisis pomposo y redundante, nuestras instituciones manifiestan una prudencia digna de los tiempos lentos del medievo. Y sin embargo la gente tiene más información o pistas sobre los propósitos del señor Trump que quepa imaginar.

Veamos y sin propósito de exhaustividad:

China

China será el leit motiv de la política exterior trumpiana. China como adversario principal en un mundo multipolar en el que si EEUU va perdiendo espacios de poder es precisamente por la relevante presencia china en el mundo. Presencia económica, financiera, tecnológica y política. Y presencia creciente sin la hipoteca de pagar obligaciones militares, diplomáticas o civilizatorias incluso, como lo tiene que hacer el gendarme del mundo. A donde le pueda llevar a Trump esa obsesión china es, efectivamente, algo que ignoramos en estos momentos, pero que él quiera concentrar esfuerzos y disputar la hegemonía con la potencia oriental entra en la lógica del sistema internacional en el que nos toca vivir o coexistir en terminología de la guerra fría.

Rusia

Encontrar un nuevo acomodo con la Rusia de Putin parece que es otra de las obsesiones de Trump. Esto parece cuadrar, a despecho de la cultura política dominante en los EEUU que sigue viendo en la Rusia actual una sombra del viejo enemigo soviético, con la voluntad o vocación de recuperar aliento militar por parte de los EEUU y retirarse, no sabemos todavía si buscando un aislacionismo a lo Monroe, de campos de batalla que suponen un alto coste económico sin retornos ni beneficios visibles a corto y medio plazo. También es una política que tiene sentido siempre, claro, que la diplomacia USA sepa trenzar acuerdos viables con los rusos sin detrimento, o con el menor coste posible, de otras alianzas vitales para los EEUU como la atlántica, Israel, Japón y las monarquías del Golfo Pérsico.

Aislacionismo y proteccionismo

En esa senda de recuperar poder autónomo para su país ya podemos dar por segura la emergencia de fenómenos proteccionistas. Incluso con México primer perjudicado por la ruptura de históricos modelos de acuerdos comerciales que creíamos seguros. Pero esto no es más que un proceso que ya tiene su propio recorrido al margen de la presencia o la voluntad de Trump. Hasta en Davos se está comprobando en estos días el agotamiento de las políticas y las prácticas globalizadoras en las que hemos vivido desde la iniciación de la era del neoliberalismo de los años 70. El modelo del consenso de Washington está quebrado y el trilema de Rodrik, elegir dos polos entre los principios de la soberanía, la democracia y la globalización, se está demostrando vigente con toda su potencia. 

Ese fortalecimiento de la fuerza propia y autónoma de los EEUU no puede hacerse sin recuperar tono vital para la economía doméstica norteamericana. Sustitución de importaciones, recuperación de puestos de trabajo mediante el desplazamiento de las minorías foráneas del territorio laboral, medidas aduaneras y restricción del tráfico comercial internacional tienen todo el sentido en este marco interpretativo. Las medidas fiscales que buscan la financiación de infraestructuras tienen también una inmediata traducción a favor del mantenimiento y la vigorización del tejido empresarial y productivo interior de los EEUU, lo que no parece una política estúpida.

Europa

Europa, sometida a dinámicas electorales en Alemania y Francia especialmente y a la discusión con el Reino Unido sobre el abandono de las instituciones multilaterales europeas, quedará presa de su propia incapacidad política ¿Por qué iba a estar preocupado Trump? Deberemos ser conscientes de la existencia de un antieuropeísmo primario en gran parte de la opinión pública norteamericana en la que Trump se mueve como pez en el agua. Europa tendrá que hacerse valer.

¿Y España?

Eso ya lo dejamos para otro día.

Resumen

Al contrario de lo que nos gustaría pensar, las ideas de Trump no son las ideas de un desalmado. Tienen sentido y lógica. Otra cosa son los márgenes que el equilibrio precario en el que se mueve la política internacional, la economía y la de seguridad fundamentalmente, impongan. Y por supuesto que a nadie se le escape el carácter excéntrico del personaje y los riesgos asociados con ello. Pero por lo demás sirva aquello que decía Einstein: «Nunca pienso en el futuro. Llega demasiado pronto».

Adjunto
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