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Los rescatadores, una historia ilustrada - Artículo

Bogotá, 20 de enero de 2016. Una semana antes de la gala de entrega de los Premios Know Square 2015, Roger Domingo, director editorial de Gestión 2000, perteneciente al Grupo Planeta, escribió en su cuenta de Twitter: “Estoy de ruta libresca por las librerías de viejo de Bogotá. Si no vuelvo, es que me he perdido por aquí.” Como amante de las librerías de viejo que soy, no me pude resistir a hacer un retuit, que me salió del alma.

Minutos antes de aquel primer tuit, Roger había emitido otro: “Hoy debe ser mi día de suerte: una edición de Carnegie –el libro de empresa más vendido de la historia– de 1946.” Se refiere Domingo a Cómo ganar amigos e influir en la personas, de Dale Carnegie.

¿Cuánto tiempo llevaba ese libro esperando para que lo encontrara Roger? ¿Cómo llegó el libro hasta aquella tienda? ¿Quién fue su propietario? Cada vez que alguien encuentra un libro en el anaquel de una librería de viejo, o lo descubre en equilibrio inestable en alguno de los montones desperdigados por el suelo del local, y lo compra, lo salva del olvido; cuando lo incorpora a su biblioteca personal, le devuelve la vida.

Madrid, 27 de enero de 2016. Roger no se perdió en su ruta libresca; encontró el camino de vuelta: estaba en la primera fila del auditorio de CaixaForum Madrid el día 27 de enero, en la ceremonia de entrega de los Premios Know Square 2015.

Mientras Roger Domingo subía al escenario, para recoger el premio en nombre de Peter Thiel, autor de De cero a uno, recordé aquellos tuits emitidos desde Bogotá. Al mismo tiempo, mi memoria relacional –caprichosa ella– me trasladó desde el cuadro de mediados del XIX titulado Ratón de biblioteca, hasta otros ratones: aquellos que liberaban personas y animales cautivos (y que hablaban español con acento latino), protagonistas de una película de Disney: Los Rescatadores. Cuando Roger se acercaba hasta Antonio Garrigues y Elena Hernando, para recibir el galardón, me dije: “ahí va un rescatador.”

Roger Domingo, el rescatador, dijo en su discurso de agradecimiento que de los diez libros seleccionados, ninguno de ellos había vendido miles de ejemplares. El libro premiado, De cero a uno, apenas “vendió unos mil quinientos ejemplares.”

Tras el impacto inicial de la confesión de Roger, me sentí lo mismo que yo le había considerado a él: un rescatador; como miembro del Jurado, yo era un rescatador. Había contribuido a devolver la vida a un libro; pero no solo: había devuelto a la vida a los otros nueve que competían. Los había situado de nuevo en el mapa, con mi voto y con el de los otros, Antonio Garrigues, dixit: “veintiséis muchachos del Jurado.”

Considerarme un rescatador me hizo recordar el Preámbulo de las Bases de los Premios Know Square, donde se dice que existe una necesidad no satisfecha por parte de los lectores para distinguir  lo más vendido de lo mejor, y que la experiencia demuestra que no siempre los libros más promocionados y vendidos son los de mejor calidad en cuanto a enfoque y contenidos.

 

 

Gracias, además, al patrocinio de Correos, casi 400 personas recibieron un ejemplar de los diez libros finalistas; o sea, otros cientos de rescatadores.

Epílogo. Si miran con detenimiento la foto que Roger tuiteó, puede apreciarse una faja de color rojo en la parte inferior del ejemplar, en la que se puede leer que ese título había vendido dos millones y medio de ejemplares en Estados Unidos, en cinco años.

Los que corren, no son buenos tiempos para la lírica. Nuestros índices de lectura no son precisamente como para sentirnos orgullosos. “Si queremos alcanzar a los a los países más desarrollados, tenemos que leer como los países más desarrollados”, dijo Roger Domingo en los momentos finales de su parlamento, y agradeció el esfuerzo de Know Square  por el “fomento de la lectura” entre la clase directiva, empresarios y emprendedores.

 

 

En los días previos a la entrega de los Premios había yo finalizado un muy recomendable ensayo del alemán Stefan Bollmann, titulado Mujeres y libros. A las mujeres lectoras del sigo XVIII (que ya leían en esa época más que nosotros los hombres), dice Bollmann: "Leer les proporcionaba cierta independencia y abría nuevas vías para disfrutar de la vida".

Subscribo los sentimientos de aquellas mujeres, al que añado la emoción de sentirme un rescatador.

 

Adjunto
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