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Malmö-Venecia, la magia de un viaje de novela (Crónica de Viaje)

¿Quién mejor que un amigo puede guiarte por una ciudad? Aunque la tecnología nos ofrece hoy la posibilidad de tenerlos en los rincones más recónditos del planeta, parece poco probable que podamos disponer de uno en cada ciudad del mundo, o en cada país. Hace siglos que la literatura viene cubriendo esta necesidad. Soñar un viaje de la mano de un libro es para mí una experiencia tan placentera como la del viaje mismo. Pero no cualquier libro.

La novela negra, una crónica social

No todos confieren al género negro el –para mí– indudable valor literario y cultural que tiene. Lo consideran un género menor. La novela negra no es, sin embargo, solo una novela de misterio, de esas que se leen bajo la sombrilla, mientras las olas te mojan los pies. En los relatos policiacos de misterio lo más importante es quién lo hizo y cómo lo hizo. El lector compite incluso con el autor en la búsqueda del culpable. La novela negra se pregunta por qué lo hizo. Es en esta búsqueda donde estos relatos cobran su verdadero sentido. La novela policiaca y de misterio, convertida en novela negra por obra y gracia del talento de Raymond Chandler allá por los años 40, es hoy –y aquí radica su mayor valor– una crónica de la sociedad contemporánea y los males que la aquejan, radiografiada a través de la particular mirada de un policía. Los autores del género negro sumergen al lector en la vida privada, social, cultural y profesional del detective protagonista, convirtiéndolo en el centro del entono en que se mueve.  Estos policías están ligados a la ciudad en la que trabajan. La conocen de primera mano, desde los bajos fondos a las altas esferas, porque la recorren a diario para resolver los casos que les caen en suerte: observadores privilegiados de la corrupción económica y política, que deriva en el resquebrajamiento moral de la sociedad a la que sirven.

Esta última característica otorga a muchas novelas negras un ingrediente añadido, que –quizá– pueda parecer banal. Son unas guías turísticas extraordinariamente fidedignas.

Dos amigos, al norte y al sur

Hoy quiero presentarles, por si aún no los conocen, a dos amigos. Los conozco desde hace años. Uno es sueco y el otro veneciano. Los dos son comisarios de policía. Cuando he visitado sus ciudades, ellos han sido mis cicerones.

Al sueco le gusta María Callas, bebe té y café y come pizza. Vive solo en un apartamento pequeño en Ystad, a pocos kilómetros de Malmö, y tiene una hija. Se relaciona bien tanto con sus jefes como con sus subordinados. Conduce un viejo Peugeot. Su nombre es Kurt Wallander.

El comisario italiano lee Historia clásica. Está casado con una profesora de literatura inglesa y tiene dos hijos a los que he visto nacer e ir a la Universidad. Le gusta la pasta que le cocina su esposa, el vino blanco y el café espresso. Vive en un ático en el centro de Venecia. Soporta a un jefe más preocupado por figurar que por resolver, y mantiene respetuosas relaciones con sus subordinados. Como casi todos los venecianos ve el automóvil como un objeto extraño. Se llama Guido Brunetti.

Ambos tienen en común dos cosas: un complejo de culpa por no haber sido mejores hijos, algo que les hace sufrir cuando rondan el medio siglo de vida; y un sentimiento de nostalgia, que en el caso de Wallander le lleva a la depresión, y a la melancolía y la resignación, en el de Brunetti.

Kurt Wallander, novelas sobre el desasosiego sueco

Son casi las diez de la mañana, cuando salgo de la Estación Central de Malmö, un edificio del siglo XIX de ladrillo rojo. Al otro lado del canal, más allá del casi vacío aparcamiento de bicicletas, están el Hotel Savoy y la oficina de turismo. "Cuando desapareció entre el Savoy y la oficina de turismo la siguió." ("Asesinos sin rostro", 2003). Hace frío. El viento hace ondear ruidosamente unas banderas. "Soplaba un viento del norte, un viento racheado." ("El hombre sonriente", 2005). Unos operarios desmontan los adornos navideños, bajo los que pasean un grupo de policías con chalecos reflectantes. Hoy, 27 de diciembre, han comenzado las rebajas en Suecia, "el aguanieve había mojado las aceras de unas calles que a aquellas horas aparecían repletas de gente." ("Los perros de Riga", 2004).

A espaldas del Savoy se encuentra la plaza de Stortorget, en una de cuyas esquinas está –perfectamente conservada, interior y exteriormente– la farmacia Lejonet, construida a finales del XIX en estilo neorrenacentista. Desde aquí se accede a la parte antigua de Malmö. "Encontró un aparcamiento al lado de la plaza de Stortorget y bajo la escalera del restaurante Kocksska Krogen (...)Pasó el puente del canal (...) Entró en la estación(...)Iba por las sombras del andén donde soplaba el viento del estrecho." ("Asesinos sin rostro").

Malmö está a veinte minutos en tren desde Copenhagen, cruzando el estrecho de Öresund sobre un puente de 16 kilómetros de longitud, construido por Dragados, en Puerto Real. El mar Báltico está agitado esta mañana de diciembre. La niebla me deja ver el puente, como si la estructura se fuera desplegando desde el interior de una cueva algodonosa. No veo la estación de la ciudad sueca hasta que la tengo casi al alcance de la mano. "La niebla. Jamás lograré acostumbrarme a ella, pese a que toda mi vida ha transcurrido en Escania, donde las personas aparecen constantemente envueltas en su manto invisible." (“El hombre sonriente”).

Mientras camino, tengo la sensación de un dejà vu, aunque debería decir –si se me permite la expresión– un dejà lu. Es cierto, lo que veo ya lo había leído antes. Las descripciones –compruebo– son de una escalofriante exactitud. Lo he leído en las novelas de Henning Mankel –auténtico artífice del resurgimiento de la novela negra sueca de los 60–, padre literario del comisario Kurt Wallander. Al comisario lo conozco con cuarenta y tres años; dejo de saber de él cuando ha cumplido cincuenta y tres. Diez años, ocho novelas que son, según su autor, "novelas sobre el desasosiego sueco: ¿Qué estaba sucediendo con el Estado de derecho sueco durante la década de los noventa? ¿No tendrá que pagar la democracia sueca un precio que pueda llegar a parecernos demasiado alto y deje de merecer la pena pagar?", se pregunta Mankel en la introducción de “La pirámide” (2006), una colección de tres relatos que narran los años en los que Wallander era un policía veinteañero en Malmö. Ahora es comisario en Ystad, ciudad que el autor sueco describe minuciosamente en sus novelas. Allí está la calle Mariagatan en la que vive el comisario y el Hotel Continental donde suele comer. El comisario siempre tiene reservada allí una mesa, gentileza del propietario real del establecimiento al detective de ficción.

Guido Brunetti, la nostalgia de una Venecia habitable

El comisario Brunetti es mi amigo veneciano. Desde sus novelas me guía por su intrincada Venecia, en la que los planos no sirven de nada, atestada de turistas en cualquier época del año. Este hombre reflexivo, nacido aquí, en la que fue la Serenissima, no tiene prejuicios por los extranjeros ni contra el progreso, pero lamenta la pérdida de una ciudad que antes existía para atender las necesidades de los residentes. "Parecía que los establecimientos que abastecían a la población local –farmacias, zapaterías y tiendas de alimentación– desaparecían inexorablemente y eran sustituidos por boutiques coquetonas y comercios de souvenirs para turistas, llenos de góndolas de luminiscente plástico de Taiwan y máscaras de cartón piedra hechas en Hong Kong." ("Muerte en La Fenice", 2003). Este texto me lo recuerda la norteamericana Toni Sepeda, autora de un bellísimo libro, Paseos por Venecia con Guido Brunetti (Seix Barral, 2006), mientras tomamos un espresso en Torino, el bar favorito del comisario cuando viene al centro, "porque a través de los cristales ve a todo el mundo", me comenta la escritora. Tiene lógica. Unas de las ciudades más visitadas del planeta no deja de ser una ciudad provinciana para sus habitantes.

La norteamericana Dona Leon, autora de la veintena de novelas con Brunetti como protagonista, es amiga de Sepeda, también norteamericana. El libro se le ocurrió al ver los numerosos turistas que seguían los pasos del comisario, novela en mano, muchos de ellos perdidos en el intrincado dédalo de callejuelas y pasadizos de esta fascinante ciudad. Paradójicamente, las aventuras del comisario no están traducidas al italiano, aunque se ofrecen en varios idiomas en las librerías venecianas. Donna Leon no lo autoriza. Como residente en Venecia, dice que huye de la fama. Personalmente creo que en esta prohibición subyace, además, el temor a las críticas que recibiría de los italianos por la inmisericorde disección que hace de la sociedad italiana. Escojo al azar: "Brunetti no podía ocultar su disgusto por la casi total certeza de que los dos asesinatos quedarían impunes." ("Nobleza obliga", 2004). O estas otras: "No podrán hacerle nada –dijo ella–. El Estado lo protege." (“Amigos en las altas esferas”, 2005). Brunetti se resigna, pero no puede evitar sentir una profunda tristeza.

Disfruto este paseo en otoño, apenas salido de escena el verano. Como unos aromáticos fettucine ai funghi en la terraza de una de las varias trattorie, al borde del canal en el sosegado barrio de Cannaregio, "el más bello de la ciudad" ("El peor remedio", 2002). Aquí entre pequeñas tiendas familiares, está la iglesia de la Madonna dell'Ortto, una de las iglesias más bellas y menos visitadas de Venecia que conserva algunos de los cuadros de Tiépolo, ilustre vecino del barrio, No tengo que hacer cola para beber una copa de prosecco en la plaza de Naranzaria, uno de los lugares más cool de la Venecia del fin de semana. Compro queso parmesano en Piero y saboreo unas deliciosas croquetas en la Cantina Do Mori, rodeado de parroquianos que hablan veneciano. "¿En casa Piero? –preguntó Brunetti– refiriéndose a una tiendecita minúscula en la que ella compraba el parmigiano. Y me parece –dijo ella– que también lo he visto más de una vez en Do Mori." (Pruebas falsas, 2007). ¿Y saben lo mejor? Esta zona está a poco más de 300 metros del Puente de los Suspiros, donde los turistas se agolpan y hacen fila para fotografiarse con el Gran Canal al fondo.

"¿Le apetece beber algo, comisario? No por estos contornos, dijo Brunetti. No faltaría sino que me propusiera ir al Harry' s Bar. Me parece que, si no eres turista, no te dejan entrar. Vianello se rió, como suelen reírse los venecianos de la ocurrencia de entrar en el Harry' s Bar, y dijo que se iría a casa andando." (“Malas artes”, 2006).

Lo hice con nocturnidad, debo confesarlo. Creo que no me vio entrar ningún veneciano salvo el camarero, claro. Pero para él, yo era un turista más. Me tomé un Bellini, un cóctel de melocotón y prosecco. Dulzón, de color rosado. Desde los años 30, la especialidad del Harry' s Bar. Nadie es perfecto.

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