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Marta en Bosnia (El libro abierto de la Actitud)

A finales del verano de 1995, fui enviado a Bosnia Herzegovina para hacer entrega de dos camiones al personal desplazado en la zona de nuestra ONG, el MPDL. Su nombre es el acrónimo de todo un manifiesto: Movimiento por la Paz, el Desarme y la Libertad. Sobre todo Paz y Desarme eran allí agónicamente necesarios en aquellos días en los que las acciones militares se habían recrudecido. Inicialmente aliados, posteriormente enemigos acérrimos, y de nuevo unidos contra el adversario común, croatas y musulmanes buscaban un cambio de tendencia en la contienda. En el marco de la “Operación Tormenta”, a principios de agosto las fuerzas croatas iniciaron la reconquista y limpieza étnica de las Krajinas, una parte importante de Croacia que desde el 91 había estado bajo control serbio. Asimismo, las operaciones “Mistral” y “Sana”, habían permitido arrebatarles a los serbobosnios una amplia zona de la Bosnia occidental, llegando su capital, Banja Luka, a estar seriamente amenazada por las fuerzas de croatas y musulmanes bosnios.

Por su parte, serbios y serbobosnios se habían ganado la enemistad de la comunidad internacional al atacar las "zonas seguras", así declaradas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en sus Resoluciones 819 y 824. Estas áreas eran el intento de poner en práctica nuevas formas de protección de la población, sin desplazarla, para no contribuir con ello a la limpieza étnica de los distintos territorios. Establecidas sin el consentimiento de las partes en conflicto y muy pobremente dotadas, tanto de militares de UNPROFOR (Fuerzas de Protección de la ONU), como de margen de actuación para los mismos, albergaban tropas gubernamentales bosnias, excusa o motivo por el que fueron atacadas. El 11 de julio el ejército serbobosnio entró en Srebrenica tomando como  rehenes a cientos de cascos azules holandeses y perpetrando una horrible masacre, al asesinar a cerca de 8.000 musulmanes para consternación internacional. El 28 de agosto un obús serbobosnio alcanzó un concurrido mercado de Sarajevo, otra de las consideradas "zonas seguras", que acabó con la vida de 37 personas.

Ese verano, por tanto, se había puesto de manifiesto más que nunca la incapacidad de la comunidad internacional para acordar acciones efectivas que pusieran fin al conflicto. La única actuación visible coordinada hasta el momento había sido una operación de ayuda humanitaria sin precedentes en cuanto a escala, alcance y complejidad, dirigida fundamentalmente por ACNUR, protegida por UNPROFOR y no exenta de polémica.
 
La ayuda humanitaria consistió en la distribución de unas 950.000 toneladas de suministros, principalmente alimentos, que entraban en el país en grandes tráileres. Los dos camiones que debíamos entregar cerca de Mostar a nuestro personal, habían sido cedidos por el ejército español para facilitar la distribución capilar de la ayuda, pues eran de pequeño tonelaje y aptos para las estrechas y tortuosas carretas locales.

Las pésimas condiciones de las infraestructuras -puentes, viaductos y grandes tramos de las mismas calzadas habían sido literalmente volados por los aires-, complicaban sobremanera el reparto de la ayuda entre la población; pero las mayores dificultades provenían por un lado de los problemas de seguridad y, por otro, de la falta de cooperación de los contendientes.

A pesar de la protección de UNPROFOR,  que escoltaba los convoyes y facilitaba material de seguridad como chalecos antibalas o vehículos blindados, 50 trabajadores del personal humanitario murieron fruto de los bombardeos indiscriminados, las minas, los accidentes de tráfico o los francotiradores y en ocasiones fueron escogidos específicamente como blanco.

El acceso a las zonas bajo control de los contendientes estaba prácticamente restringido por completo a la comunidad internacional. Únicamente la ayuda humanitaria, con enormes limitaciones, tenía cierto acceso por rutas muy determinadas, y por tanto fácilmente bloqueables. El personal humanitario era en consecuencia, el que a través de los medios de comunicación, hacía llegar al resto del mundo los horrores de la guerra. Se enfrentaba al dilema de tener que cooperar en la distribución con unas autoridades locales a las que condenaba públicamente. Controles, trabas burocráticas, exigencias de desvío de la ayuda dirigida al enemigo, inmovilización de los convoyes durante semanas e incluso meses, hicieron que el trabajo del personal humanitario consistiera, en gran medida, en negociar las autorizaciones de reparto.

Dolor, angustia, tristeza, rencor, tensión, cansancio, odio, locura, rabia, miedo… Ese era el ambiente cuando llegamos a nuestro destino con los camiones, desde unos cientos de kilómetros más al oeste, desde Madrid.
 
No esperaba encontrarme a un "marine" al frente de nuestra misión, pero me sorprendió la fragilidad aparente de Marta. Pequeñita, delgada, nerviosa, con una abundante melena rizada y rubia, ropa más bien playera que de "Coronel Tapioca" –chanclas, minifalda, camiseta…- me habría encajado mejor conocerla en Ibiza. Pero eran sólo las apariencias. Marta ha sido una de las personas más fuertes que he conocido. Su fortaleza no era evidentemente física, sino basada en la actitud con la que se enfrentaba a un contexto tan extremo.

Era conocida y respetada por el resto de organizaciones humanitarias y por nuestros cascos azules de Mostar, por su capacidad para llevar suministros a lugares a donde el resto no llegaba. Cuando bajaba, o más bien saltaba de un camión, en un control militar, aquella rubia pizpireta sonriente y en chanclas, me figuro que provocaría en los soldados la misma impresión que me causó a mí la primera vez. En la guerra cualquiera tiene razones para odiar y actos de los que arrepentirse. Marta sabía conectar con la persona que quedaba dentro de aquellos hombres en deshumanización, despertar simpatía y a la vez negociar duro.

Su gestión del personal del MPDL era cercana y participativa además de firme y segura. Como es lógico en estas misiones, aparte de trabajar, el equipo convive muy intensamente, y las relaciones personales y profesionales se entremezclan. Esto complica enormemente la labor de un responsable, pero Marta sabía cuándo ser compañera, apoyo o jefe.

El poco tiempo que pasé con ella fue suficiente para llegar a apreciar su actitud cargada de autenticidad, de genuino interés por los demás, de implicación en la acción, pasando de las intenciones a los hechos. Muchos reclamábamos a nuestros gobiernos que hicieran algo por parar aquella barbarie en plena Europa. Marta, además, se presentó allí para actuar.

La actitud ha sido definida en alguna ocasión como "nuestra respuesta emocional y mental a las circunstancias de la vida", o como una "predisposición a obrar, percibir, pensar y sentir en relación a los objetos y personas, formada por la experiencia anterior".

De la actitud de Marta, un aspecto destacaba especialmente. Todo el personal humanitario tenía un enorme mérito, pero no era común la habilidad de Marta para transmitir alegría en un contexto tan adverso. Sin duda tenía un don natural para ello, pero eso no significa que no le supusiese un formidable esfuerzo y una voluntad consciente. Recuerdo a Marta contarnos consternada, y visiblemente afectada, dos nuevos ingresos en el orfanato gestionado por el MPDL al que nos dirigíamos, y al llegar al mismo transformarse por completo para jugar y reír como una niña más. La vuelta la hizo callada, pensativa y algo triste. Tampoco era una temeraria. En algunos controles nos confesó que había pasado verdadero miedo.

Aquello me hizo pensar. Tendemos a creer que aquellas personas excepcionales lo son porque tienen un don natural que a nosotros no nos ha sido concedido, que las tareas que realizan y nos inspiran no les ha costado esfuerzo llevarlas a cabo.

Al nacer "recibimos" de nuestros padres un sexo, unas capacidades -inteligencia, memoria, predisposición al habla…- y un temperamento, que nos son propios. Y a medida que interactuamos con nuestra realidad, vamos adquiriendo consciente e inconscientemente unos hábitos en la forma de sentir, de pensar y de obrar. Es la parte "aprendida" de nuestra actitud, de nuestro carácter. Pero el profesor José Antonio Marina habla además de un aspecto de la misma que no suele abordarse en los estudios de psicología, que es la parte "elegida" de nuestra actitud.

¿Podemos realmente elegir nuestra actitud? Qué duda cabe de que estamos condicionados por nuestra historia personal, la genética o la sociedad; pero no determinados. Es como una partida de cartas: jugamos con las que nos han repartido en suerte, pero no siempre gana el que mejores cartas tiene, sino el que mejor sabe jugarlas. Está en nuestra mano jugarlas de la mejor manera posible, es nuestra responsabilidad personal, intransferible.

Puede parecer que es sólo cuestión de voluntad, de disciplina. Efectivamente la voluntad y la disciplina son importantes, pero de nuevo no determinantes. Podemos ser extremadamente disciplinados en tener una actitud negativa. Identificar un proyecto vital, una meta, gestionar nuestro carácter y adoptar unos valores adecuados, son tres cuestiones esenciales que ayudan a "elegir" una buena actitud con la que enfrentar la vida.

El proyecto vital de Marta pasaba en aquellos momentos por Bosnia. No era una cuestión de aventura, de huida de su realidad en España, o de ego. Era un auténtico compromiso de estar con los que sufren.

Marta sabía gestionar su carácter. Estaba sometida a más presión incluso que su equipo, pero sabía manejar sus emociones y dirigirlo, apoyarlo y sacar lo mejor del mismo. Con una voluntad que nacía de un sentido y no simplemente de una disciplina, era capaz de mantener el ánimo de los niños del orfanato.

Y la alegría. Era un valor tan necesario y tan difícil de transmitir en aquel contexto tan triste, tan duro. La profesionalidad, el esfuerzo, la justicia, la compasión, eran todos valores muy presentes por lo general entre el personal humanitario. Pero ¿quién era capaz de estar alegre en semejante entorno? No es que no sintiera el dolor y la injusticia a su alrededor, pero a pesar de estar afectada profundamente por ello, Marta sabía transmitir alegría.

Una actitud positiva tiene muchas facetas, como se habrá podido ver en otras páginas de este libro. Para mí, la alegría es una de las más relevantes. La alegría es un valor que podemos "elegir". Pude ver a Marta elegirlo en el orfanato. José Antonio Marina de nuevo nos instruye en esta cuestión: hay valores "sentidos" y valores "pensados". Si tenemos sed, sentimos el valor de beber agua. Pero si un nefrólogo nos prescribe para nuestro riñón que bebamos cinco litros de agua al día, pensamos que beberla será bueno para nosotros, y bebemos aunque no sintamos sed.

No soy médico, pero no creo que haya que serlo para prescribir alegría a todo el mundo. Lo que hace falta para tener la autoridad de recetarla, es elegir vivirla. Al principio la "pensaremos", nos costará "beberla", pero con el tiempo, con voluntad, pasaremos de pensarla a sentirla.

Los acontecimientos de aquel verano precipitaron definitivamente la conclusión de la guerra. Los avances de croatas y musulmanes y la intervención aérea de la OTAN convencieron a los serbios de que había cambiado el signo de la contienda y que perdían terreno día a día. Como resultado de las conversaciones mantenidas en Dayton, Ohio, el 14 de diciembre se firmó finalmente en París la ansiada paz.

Marta ha continuado su labor profesional en el sector de la ayuda internacional. La última vez que tuve noticias de ella estaba en Corea del Norte con su marido, italiano y también cooperante, y sus dos hijos.


Bibliografía:

- "La situación de los refugiados en el mundo: Cincuenta años de acción humanitaria". Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). ICARIA Editorial.

- "Aprender a vivir". José Antonio Marina. Editorial Ariel y Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD).

 

Adjunto
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