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Sonámbulos (Reseña del libro de Christopher Clark)

Coincidiendo con el centenario del comienzo de la I Guerra Mundial (Gran Guerra) termino de leer uno de los libros que, sobre el tema, se han editado en los últimos meses. Probablemente, [b]“Sonámbulos”[/b], que así se titula, sea uno de los que más referencias han cosechado y [b]Christopher Clark[/b], que es el autor, uno de los personajes de la efemérides por el acierto de afrontar la composición del inmenso puzzle sin complejos y desde muchos de los puntos que se suponen comprometidos en el acontecimiento histórico, una cuestión que siempre se agradece en aras al acercamiento a ese objetivo inalcanzable de la objetividad.

Si ya el trabajo de recopilación y lectura de tanta documentación es hercúleo, el ordenar resumidamente la cantidad de factores que intervienen en el origen de aquel conflicto parece, simplemente, imposible. Clark lo ha hecho y de su trabajo ha salido un libro que es de imprescindible lectura porque detrás de los datos esconde, con toda la intención del mundo como ya sugiere el título, un relato de como el instinto del poder, ese que puede llevar a un desastre tan brutal como lo fue la Gran Guerra primero y la II Guerra Mundial después, no es más que un cúmulo de mezquindades, falsos orgullos y miserias varias que lo único que hacen es allanar el camino a la tragedia. Una tragedia que en este caso no arregló nada.

El libro cuenta como muchas de las decisiones anteriores lo único que hicieron fue abrir cauces por donde después fluyó el odio. Y, como no, habla de cómo la toma de decisiones, las acciones de un momento, explican las reacciones del futuro. Es decir, entra de lleno en el debate del concepto de la historia y su consideración como ciencia, entendiendo ésta como algo similar a la física. Como ciencia social, la historia, no es posible planificarla. Solo sabemos, y normalmente no lo tenemos en cuenta, que a toda acción hay una reacción, pero ahí acaba su relación con la física, al menos la anterior a Heinsenberg y su principio de la indeterminación que conmovió a muchos pilares científicos. Y es esa gestión de la historia de donde debemos aprender los que nos dedicamos a la gestión empresarial, que el ámbito que nos interesa en el ámbito de Know Square.

“Los protagonistas de 1914 eran como sonámbulos, vigilantes pero ciegos, angustiados por los sueños, pero inconscientes ante la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo”, escribe el australiano Christopher Clark para terminar. Vigilantes pero ciegos. Una gran referencia para entender muchos de los desastres de todo tipo que vivimos un día sí y otro también. ¿Cómo si no hubiera sido posible, por poner un ejemplo cercano, la crisis que todavía sufrimos y que se ha llevado por delante tantas cosas, entre ellas las cajas de ahorros, un desastre que todavía está por contar y no me refiero solo al aspecto económico financiero de las entidades?

Detrás de “vigilantes pero ciegos” puede hacerse todo un tratado de cómo abordar una crisis porqué, si nos damos cuenta, lo que nos enseña el historiador en este caso es que, detrás de épocas donde abundan las tensiones que provocan los crecimientos, pueden producirse grandes cataclismos si no somos conscientes de que todo objetivo tiene límites.

El libro mantiene en todo momento un esfuerzo importante por no dejarse llevar a la búsqueda del culpable, como hace buena parte de la bibliografía existente. Es el miedo y la inseguridad, además de la venganza, lo que hace que desde finales del siglo XIX todo vaya tomando una dirección y esa es la de la guerra. Unos y otros abren esos cauces por los que va fluyendo el odio al que nos referíamos antes.

Pero no solo es un libro de hechos, también es de personajes y el autor hace un estimable esfuerzo por explicar algunas de sus características y como éstas influyen muchas veces en las decisiones. El presidente francés Poincare, el zar Nicolás II, el káiser Guillermo II, el rey Jorge V del Reino Unido, estos tres últimos unidos por lazos familiares, los primeros ministros de los distintos países implicados, los respectivos ministros de Asuntos Exteriores, los de la Guerra, etcétera, todos con caracteres determinados, toman  decisiones que hacen que las cosas deriven hacia un sitio o hacia otro y para ello no dudan, todos, de lanzar a la opinión pública mensajes que no son exactos con el único intento de manipular a la masa a favor de sus intereses. Al final, en esa locura colectiva, logran que la gente salga vitoreando la guerra antes de que se produjera. No sabían que una buena parte de ellos iban a morir. 

Por eso la obra de Clark resulta doblemente interesante. Si él mantuviera una posición determinada el debate estaría en torno a su persona y sería sencillo. Probablemente sin intentarlo, al ofrecer de forma descarnada tanta miseria personal nos obliga a pensar en la importancia de la política, esa que en demasiadas ocasiones nos la tomamos como si no fuera con nosotros. Y no es así; las decisiones de los personajes que están en el poder, independientemente del camino que hayan seguido para llegar al puesto que ocupan, nos afectan y mucho.

El escepticismo es mala compañera de las sociedades y mucho más si estas son democráticas. En estas sociedades es bueno que la sociedad civil sea activa y no es que España sea un ejemplo; precisamente lo contrario. El resultado es que cuando las sociedades son inertes suelen aparecer conductas indeseadas y si la sociedad es pasiva dan pie a movimientos colectivos difíciles de controlar una vez que han tomado una posición de poder en un ámbito determinado.

Es por eso por lo que creo que el libro de Clark no es fruto de la casualidad. Su forma de ver la historia, al menos en lo que se refiere a este fenómeno de la Gran Guerra indica, muy posiblemente, la alerta que produce ver a una buena parte de las sociedades democráticas inertes ante los poderes y su equilibrio. Por eso termina el libro con la frase inicial. Es el miedo el que atenaza y confunde a la hora de decidir y por eso es mejor muchas veces tomar decisiones sabiendo que probablemente te equivoques a tomar decisiones de las que crees que sabes que no te vas a equivocar.

Es el miedo a la presumible pero no segura potencialidad de Alemania la que está detrás de lo que parece ser unas decisiones que seguro que inmovilizarán al Kaiser y lo que hacen es no dejarle más camino que el de ir a la guerra. Es el miedo del Imperio austro-húngaro el que hace que tome políticas erróneas. Es el miedo de Rusia el que hace que tome posturas sin sentido respecto a Serbia y así una larga cadena incluida Alemania que también explota el miedo como recurso para justificar sus políticas. Es decir, como escribe el autor, estaban vigilantes pero ciegos ante la realidad que tenían. Ni que decir tiene que los políticos en general, pero también otros gestores, deberían aprender la lección.

Adjunto
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