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'Tu libertad termina donde empieza la mía': la empatía, el Papa Francisco y los límites a la libertad de expresión (Artículo)

Nota al lector: en este artículo hablo de “palabras grandes”. Considero palabras grandes aquellas simultáneamente abstractas por lo intangibles, y emocionalmente muy importantes para el ser humano. Ambas circunstancias subjetivizan estos vocablos y los dotan de imprevisible ambigüedad, lo que me lleva a temer el peligro de que, en la lectura del artículo, no haya un consenso exacto en las mentes de todos nosotros respecto de su significado. Con el fin de evitar esta eventualidad y facilitar una sintonía mental común, según surjan los términos iré acudiendo a la Real Academia Española de la Lengua (RAE) en su última edición, en línea en Internet.

Durante unos años, se ha movido en uno de mis círculos una persona que tiene por costumbre emitir descripciones, juicios o comentarios que van más allá de lo insultante1 que resultan denigratorios2 a mis oídos, sobre otros congéneres, los conozcamos el grupo o no los conozcamos. Entiendo que, en la multicausalidad que rige cada comportamiento humano, en esta su afición no es ajena la baja autoestima3 de la que ella misma declara dolerse. Uno de los mecanismos que pueden emerger consecuencia de la baja autoestima es el de instintivamente degradar a otros para no sentirse uno tan abajo. Quizás por entender este mecanismo psicológico, he venido sobrellevando el proceder de mi conocida aunque con incomodidad,… hasta que un día cualquiera uno de sus escarnios4 hacia otro, cada vez más bajunos y envalentonados, me superó.

Le pedí entonces que por favor hablara de otras personas sin denigrarlas. Me contestó que ella era libre de decir lo que quisiera y que yo no era quien para pedirle que no lo hiciera. Le devolví la sentencia que mi sabia abuela nos recitaba cada vez que uno de sus nietos, en nuestro atolondramiento infantil, nos pasábamos de la raya, desobedecíamos o avasallábamos su paz: “Tu libertad termina donde empieza la mía”, pronunciaba. Con esa mera fase, nosotros, los niños de mi casa, nos autorregulábamos y cesábamos en ese momento de hacer el cabra.

“Tu libertad termina donde empieza la mía”. Ese lema me ha venido acompañando y guiando desde siempre. Por desgracia creo, con pesar, que mucha gente ha crecido sin él. En la ocasión que nos ocupa, se lo devolví, decía, a mi conocida, añadiendo que no, que ella no podía hacer lo que quisiera sin tener en cuenta que yo también tenía la libertad de pedirle que en mi presencia se abstuviera de ofender5 la dignidad6 de otros. Como la libertad de expresión hoy día se tiene en muchos entornos por derecho ilimitado, no me entendió y, sintiéndose ofendida la ofensora, abandonó la reunión.

Tuve ocasión de rememorar este episodio cuando, escasas semanas después, ocurrieron los asesinatos en la sede de la revista satírica parisina.

Apenada por la muerte de los periodistas, y por el método que habían elegido los asesinos para dirimir sus diferencias con ellos, simultáneamente imaginé también el dolor que habían venido sintiendo los musulmanes mes tras mes, desde aquella primera portada polémica que la revista publicara años atrás. Imaginé la ira y el dolor que les provocaba el ver cómo las figuras para ellos sagradas de sus líderes y profetas eran, no sólo puestas en imágenes, sino asociadas a comentarios provocativos, o insultantes, o soeces y, por ello, crueles.

Ese imaginar el sufrimiento del otro y querer evitarlo, que a mí en este caso particular me salió espontáneo, es ni más ni menos la empatía que tanto bombo y atención recibe hoy día, y que tanta gente cree erróneamente poseer, quizás porque no llegan a aprehender el significado preciso de la palabra, que para mí no es otro que el que le daban nuestros antepasados sin conocer el vocablo, rescatado éste del griego por los psicólogos en el siglo XX pero olvidado hasta entonces, si no estoy mal informada. Para mí, empatía es ponerse en el lugar del otro, imaginar su sufrimiento y hacer por no fastidiarle7. La tercera parte de la ecuación, el hacer por no fastidiar, es básica, aviso a navegantes: no hay auténtica empatía si no ponemos en práctica acciones para no ofender a los demás.

Así definida, ¿mostraban los periodistas empatía cada vez que publicaban una de las portadas de la discordia? Bajo mi punto de vista, no. ¿Y mostraron los asesinos empatía matándolos? Tampoco.

Las teorías de la percepción estudiadas por la Psicología en las últimas décadas, han llevado a la cada vez más extendida creencia de que cada uno es sólo responsable de las palabras que emite, no del efecto que ello tiene en el que escucha; como dijo Humberto Maturana: “Yo soy responsable de lo que digo, no de lo que entienden los demás”.

Vale, bien, concedido; muchas veces decimos algo con total candor y sin ninguna intención ofensiva, y alguien susceptible al tema de marras pilla el rábano por las hojas y se duele o se molesta o se ofende, y se enfada. Para evitar estas situaciones, es evidente que todos y cada uno de nosotros hemos de trabajar por asumir las palabras de los demás sin que nos molesten. Mi abuela tenía también sabiduría para esto, decía: “no ofende quien quiere, sino quien puede”, esto es, nos ofende sólo aquel a quien damos permiso mental para que nos ofenda, aquel a quien damos poder sobre nosotros, aquel ante quien rendimos nuestras emociones.

Una cuestión que quiero apuntar al hilo de esto es que los musulmanes molestos con la revista satírica han caído en la trampa: han dado poder a esos periodistas sobre sus voluntades, se han dejado ofender por ellos. En vez de pensar en disfrutar su fe sin parar mientes en lo que digan los demás (“si dicen, que digan, yo tranquilo a lo mío”), han dejado que manipularan su ánimo y sus emociones, se han dejado influir por ellos.

Esto no quiere decir que valga todo y que podamos pronunciar lo que queramos. En las ocasiones en las que el candor no existe, en las que la intención es ofender o al menos no es cuidar al otro, deja de tener bondad la frase de Maturana y hasta la sentencia de mi abuela, y nos encontramos con la mofa8 descarnada. Origen, para mí, del gravísimo incidente de París.

Durante días tras los sucesos, anduve yo esperando en los noticieros televisivos alguna noticia o declaración comprendiendo los sentimientos de los musulmanes ante su fe ultrajada9, abogando por el respeto10 hacia las creencias de los demás, clamando por que todos usemos la buena intención en nuestro proceder hacia los grupos que nos son ajenos. No encontré nada de eso, sólo condena y enarbolamiento encendido de la libertad de expresión ilimitada. Sólo reacciones emocionales, sin segundas reflexiones reposadas o ecuánimes.

Extrañada, fui consultando a amigos y conocidos. Lo que obtuve me alegró, pues eran el espejo de mis propias reflexiones: aunque ninguno defendía el asesinato como medio de expresión del descontento, y a todos parecía desproporcionada respuesta, coincidían también en que no se había respetado la fe a los musulmanes, que se había transgredido un derecho fundamental de la especie.

Esta coincidencia de pensamiento también me preocupó: si la calle opina así, ¿por qué no veo yo también esa opinión en los telediarios?, ¿por qué sólo se hace hincapié en la libertad ilimitada de expresión?

Hasta que llegó el Papa Francisco.

Hasta que llegó el Papa Francisco y emitió, durante el vuelo de ida hacia Filipinas, sus para mí preclaras e iluminadoras declaraciones. Merece la pena visionar los cinco minutos enteros. Por cierto, deben ser millones las personas que han opinado sobre la bondad o inconveniencia de las palabras del Papa; sin embargo, el 28 de enero de 2015, dos semanas después de las declaraciones, mientras revisionaba el film para transcribiros su contenido, sólo 8.252 personas habían llegado a ese vídeo en youtube, sólo unas pocas habían optado por acudir a la auténtica fuente de la información. Una lástima. Os transcribo los puntos más relevantes de su intervención y en el párrafo siguiente lo traduzco al español.

“Credo che tutti due son diritti umani fondamentali, la libertà religiosa e la libertà d’espressione... Ognuno ha il diritto di pratticare la sua religione... senza ofendere... Non si può offendere o fare la guerra o uccidere in nome de la propria religione, cioè in nome di Dio... Credo che questo é lo principale su la libertà di religione… (Su) la libertá d’espressione... ognuno, no solo ha la libertà, il diritto, (ma) anche l’obbligo di dire quello che pensa per aiutare al bene comune... ma senza offendere. Perchè credo che non si puó reagire violentamente, ma si il dottor Gaspare, un grande amico, me dice una parolaccia contro la mia mamma, ma gli aspetta un pugno. Ma é normale... non si può provocare, non si può insultare la fede degli altri, non si può prendere in giro la fede... Il Papa Benedetto... aveva parlato di questa mentalitá post-positivista, questa metafisica post-positivista che portava a credere che… le espressioni religiose sono una sorte di sottoculture,... sono tollerate ma sono poca chosa nella cultura ilustrata. E questa é una eredità della Ilustrazione... Questi che giocatolizzano le religioni degli altri... provocano el accadere quello che accaderebbe al Dottor Gaspare si dice qualcosa contro mia mamma. C’è un limite. Ogni religione ha dignitá, ogni regligione che rispette la vita umana... e io non posso prenderla in giro; e questo é un limite... Nella libertá d’espressione ci sono limiti come in quello della mia mamma...

“Creo que los dos son derechos humanos fundamentales, la libertad religiosa y la libertad de expresión... Cada uno tiene el derecho de practicar su propia religión… sin ofender. No se puede ofender o hacer la guerra o asesinar en nombre de la propia religión, esto es, en nombre de Dios... Creo que esto es lo principal (a decir) acerca de la libertad religiosa… (Respecto de) la libertad de expresión… cada uno tiene no sólo la libertad, el derecho, (sino) también la obligación, de decir aquello que piensa para ayudar al bien común… pero sin ofender."Tu libertad termina donde empieza la mía": la empatía, el Papa Francisco y los límites a la libertad de expresión (Artículo). Porque creo que no se puede reaccionar violentamente, pero si el doctor Gaspare, un gran amigo, me dice una palabrota sobre mi madre, le espera un puñetazo. Es normal,… no se puede provocar, no se puede insultar la fe de los otros, no se puede tomar la religión a broma… El Papa Benedicto… había hablado de esta mentalidad post-positivista, de esta metafísica post-positivista que movía a creer que las expresiones religiosas son una especie de subcultura,… son toleradas pero consideradas poca cosa en la cultura ilustrada. Y esto es herencia de la Ilustración... Los que banalizan la religión de los demás… provocan que suceda lo que le sucedería al doctor Gaspare si dice algo sobre mi madre. Hay un límite. Cada religión tiene dignidad. Cada religión que respeta la vida humana, y yo no puedo burlarme de ella. Y esto es un límite. En la libertad de expresión hay límites como en aquello de mi madre.”

De la lectura de la transcripción, vemos cómo El Papa Francisco habló implícitamente tanto de asesinos como de satíricos, porque ambos se habían extralimitado a sus ojos. Y a los míos. Y a los de otros muchos cuya opinión no sale en los telediarios. Empatía es ni más ni menos lo que mostró el Papa Francisco en el vuelo hacia Filipinas de hace unos días. Hacia unos, pero también hacia otros. Preconizando el no fastidiar, ni con la palabra ni con la muerte.

Respecto de la metáfora del pugno que tanto revuelo ha levantado, el Papa, perceptivo conocedor de la naturaleza humana, se limitaba a describir lo que puede ocurrir, y de hecho ocurre infinidad de veces, cuando uno menta a la madre de otro en términos poco afectuosos: que se nos nubla la conciencia y “ti aspetta un pugno” si no hacemos intervenir raudamente al Sistema 2 reflexivo de Kahneman11 . Pretendía darnos el Papa un ejemplo de fácil comprensión  acerca de qué nos hace saltar y cómo debemos actuar o no actuar para mantener apaciguados los ánimos y las voluntades de nuestros congéneres. Describir un mecanismo humano y hacer apología de la violencia ante la provocación, para quienes quieren reflexionar con bondad, para quienes entendemos que el Papa Francisco se mueve siempre con la mejor intención para con la humanidad y con la mayor compasión12 posible hacia ella, se nos aparecen como acciones muy, muy distintas.

Y poco más hay que decir, pues el mismo Papa diseccionó lucida y sencillamente su declaración en el vuelo de vuelta de Filipinas, cuando una periodista le pidió clarificación sobre su frase del puño, dada la confusión generada sobre si estaba justificando o no una reacción violenta ante una provocación. Finalmente he logrado encontrar el vídeo de esa conferencia de prensa, y puedo también transcribir y después traducir sus palabras (desde el minuto 26.15 al 29.40). De nuevo, han sido vistas por un exiguo grupo, unas 3.400 personas.

In teoria possiamo dire che una reazione violenta davanti a una offesa, a una provocazione, in teoria non é una cosa buona, non si deve fare. ... In teoria possiamo dire che noi abbiamo la libertà d’esprimere, e questo é importante. Nella teoria siamo tutti d’accordo, ma però siamo umani e c’é la prudenza, che é una virtù della convivenza umana. Io nos posso insultare, provocare a una persona continuamente, perchè rischio di farla rabbiare, e rischio di ricevere una reazione non giusta. Non giusta. Ma é umano quello. Per questo dico che la libertà d’espressione deve tener conto della realità umana, e perciò, dico, deve essere prudente, che é una maniera di dire che deve essere educata... Prudente; la prudenza é la virtù umana che regola i nostri rapporti... E questo volevo dire: che in teoria siamo tutti d’accordo: c’é libertà d’espressione, una reazione violenta non é buona, tutti d’accordo; ma in la prattica fermiamoci un po, perché siamo umani e rischiamo di provocare gli altri. Per questo la libertà deve essere accompagnata de la prudenza. Quello volevo dire”.

“En teoría podemos decir que una reacción violenta ante una ofensa, ante una provocación, en teoría no es una cosa buena, no se debe hacer…En teoría podemos decir que tenemos libertad de expresión, y esto es importante. En la teoría estamos todos de acuerdo, sin embargo somos todos humanos y existe la prudencia, que es una virtud de la convivencia humana. Yo no puedo insultar, provocar a una persona continuamente, porque corro el riesgo de hacerla rabiar, y corro el riesgo de recibir una reacción no justa. No justa. Pero es humano eso. Por ello digo que la libertad de expresión debe tener en cuenta la realidad humana, y por ello digo que debe ser prudente, que es una manera de decir que debe ser educada. Prudente: la prudencia es la virtud humana que regula nuestras relaciones. Y esto quería decir: que en la teoría estamos todos de acuerdo: hay libertad de expresión, una reacción violenta no es buena, todos de acuerdo: pero en la práctica detengámonos un poco, porque somos humanos y corremos el riesgo de provocar a los otros. Por esto es por lo que la libertad debe venir acompañada de la prudencia. Esto quería decir”.

En los días en que estaba escribiendo este artículo, comí en una ocasión con un amigo y quise compartir con él en qué estaba. Su visión de las palabras del Papa era distinta de la mía, él no había visto el vídeo primero (en italiano), sólo el corto fragmento elegido, emitido, traducido e interpretado por los medios de comunicación. Y creía que el Papa había incitado a la violencia. Cuando le amplié su conocimiento, entendió más. Pero arguyó que el Papa había de ser capaz de expresar su pensamiento de manera clara en 45 segundos, como los periodistas, si no quería que le malinterpretaran.

Aunque entendí a mi amigo, me resulta muy triste que la era de la información haya relegado a la era de la Ilustración a tan trasero lugar. Vamos rápido hoy día, formamos un juicio de algo con apenas dos pinceladas, el juicio se vuelve convicción y creencia, y ya se torna inamovible si nada lo agita luego con suficiente fuerza. Y como vamos tan rápido, a veces no somos nosotros los que formamos el juicio, sino que dejamos que otros lo formen y nos lo imbuyan. Tal como denunciaba Aldous Huxley que los poderosos imbuían los pensamientos a las personas en su magnífica novela “Un mundo feliz”; se los transmitían mientras dormían, mientras la alerta de su conciencia estaba baja. Tal como lo está la nuestra a veces incluso durante la vigilia, víctima del desbordamiento de cantidad y fuentes de información y de tareas.

Para que el Papa hubiese sido capaz de expresar su pensamiento sobre este tema en 45 segundos, mantenerse a salvo del mayor número de interpretaciones ajenas posible y no necesitar posterior clarificación, habría hecho falta una preparación previa del discurso. Yo personalmente agradezco que las declaraciones fueran espontáneas –que no faltas de meditación anterior-, pues su respuesta ganó en frescura y, además, los verbos elegidos resultan a mis oídos “precisisimi”, esto es, de una precisión descriptiva que quizás se habría diluido bajo el tamiz la autocensura que suele conllevar la preparación.

De alguna manera siento que, víctimas del desbordamiento de información que sufrimos, delegamos erróneamente a los medios de comunicación nuestra responsabilidad de formarnos nuestros propios juicios. Y acabamos víctimas del pensamiento único, casual, parcial, provinciano o interesado que vaya emergiendo o conviniendo a los medios en cada momento. Mi consejo aquí para la formación del criterio propio es, antes de enarbolar un nuevo credo, pararnos, levantar la cabeza, acudir a las fuentes, buscar más hechos y distintas maneras de pensar, luego reflexionar, después emitir tímidamente el juicio o creencia, y finalizar por no apegarnos mucho a él, por estar prestos a cambiarlo ante cambios en la información o en el entorno.

Quise traer el cuento real que abre este artículo porque en las cosas cercanas, que nos pueden ocurrir a muchos de vez en cuando, es más fácil darse cuenta del equilibrio de comportamientos y actitudes que hay que desplegar para vivir en sociedad. Aunque yo no estoy orgullosa de haberle llamado la atención a mi conocida por sus comentarios denigratorios sobre un tercero, ni lo hice con placer ni gusto, creo pesarosa que es algo que había que hacer o no cesaría, más bien crecería. Siendo yo minúscula ante la figura del Papa, permitidme que piense que otro tanto le debe ocurrir a él, que llamó la atención con pesar y sin gusto.

Respecto del llamar la atención, otros opinaréis distinto: que hay que dejar hacer o decir caiga lo que caiga, “laissez faire, laissez passer”, libertad ilimitada. Pero ninguna de las dos posturas, llamar la atención y dejar hacer, es perfecta, ambas presentan oscuros peligros en los que no me detendré hoy, y ambas posturas pueden ser merecedoras de reproche. Nada es infinitamente bueno ni infinitamente malo.

Empatía auténtica. Y autorregulación. Como veis, vuelvo al verbo que emití de pasada al inicio de este artículo. Estas dos son las claves para la paz entre los pueblos. Y entre las personas. Y ganas de dejar vivir al vecino su credo y su vida, en libertad… siempre que ésta termine donde comienza la mía, esto es, en la linde del respeto hacia mi dignidad y hacia mi vida. Esas, ni unos ni otros tienen derecho a arrebatármelas.

 

Notas

 

1Insultar: (del latín insultare –saltar contra-). Provocar a uno e irritarle con palabras o acciones

2Denigrar: (del latín denigrāre -poner negro, manchar-). Deslustrar, ofender la opinión o fama de alguien. Injuriar (agraviar, ultrajar) (RAE)

3Autoestima. No encontrando adecuada la definición de la RAE, aquí uso mi propia definición, adquirida en el mundo de la Psicología, que es de donde proviene el término: “amor a uno mismo, normalmente resultado de la autovaloración hecha”. Creo que los académicos, para vocablos procedentes de campos que no son la literatura o las letras, debería consultar con versados en esas materias antes de aventurarse a validar una definición.

4Escarnio: Burla tenaz que se hace con el propósito de afrentar (RAE)

5Ofender: Humillar o herir el amor propio o la dignidad de alguien, o ponerlo en evidencia con palabras o con hechos.

6Dignidad. A pesar de que, en el diccionario de la RAE, el término “dignidad” aparece como parte de la definición de otros vocablos (ver, por ejemplo, la definición de “ofender” anterior), cuando repasamos las ¡hasta ocho! acepciones que para ella da, vemos que no aparece aquella más cercana a nuestra piel de seres vivos. Así que daré la definición con que veo que las personas usan la palabra dignidad: “cualidad de los seres humanos (y de otros seres vivos, y de los objetos, añado yo) que les hace merecedor de respeto por el mero hecho de existir”.

7Fastidiar: enfadar, disgustar o ser molesto a alguien.

8Mofa: Burla y escarnio que se hace de alguien o de algo con palabras, acciones o señales exteriores.

9Ultrajar: despreciar o tratar con desvío a alguien.

10Respeto: miramiento, consideración, deferencia. Para este vocablo la RAE presenta acepciones dispares, que van desde el acatamiento o el miedo hasta el miramiento que es contrario a los dictados de la moral, pasando por la cortesía y la relación amorosa. Yo me quedo con la palabra “deferencia”.

11Daniel Kahneman: “Pensar rápido, pensar despacio”

12Compasión. Aquí la RAE se me queda corta, pues limita la definición a la lástima. Retrocedo, entonces, unas cuantas generaciones para recuperar su sentido más amplio de “comprender la pasión por la que transita el prójimo y procurar aliviarla; padecer-con el otro”.

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